viernes, 11 de febrero de 2011

Más que una sutil impertinencia


Por: Leticia del Rocío Hernández

dignidadparallevar@gmail.com

Twitter: @LeticiadelRocio

Alguna vez lo dije: es inconcebible que la preocupación mayor de muchas mujeres sea el atuendo que habrá de usarse al día siguiente. Me faltaba vivir, creo yo, algunas experiencias. Hoy, simplemente, lo entiendo.

Seguramente no soy la única mujer que a diario escucha y lee noticias que bien pueden hacer hervir la sangre o enmudecer los sentidos, noticias que están directa o indirectamente relacionadas con la violencia hacia el género femenino y su máxima expresión: los feminicidios.

Qué hacer para que esas noticias reduzcan significativamente su número, es una tarea que involucra a todos los actores de la sociedad en distintos niveles de responsabilidad; sin embargo, considero que las acciones no sólo deben enfocarse a lo más visible. Hay actos en la vida diaria, que también transgreden la seguridad y libertad de las mujeres... actos a los que la sociedad prácticamente nos ha obligado a acostumbrarnos, y que cuando nos quejamos de ellos, nos tildan de exageradas... por decir lo menos.

Hace días leí en el blog de @HollaBackCzech una realidad indiscutible y que, sin duda, no tiene idioma o nacionalidad: el acoso. Y no es cualquier acoso. Es el acoso que se sufre desde el instante inmediato que transcurre entre cerrar la puerta de la casa y poner un pie en la calle... pie calzado con tacón o zapato tenis, da lo mismo.

Sería ocioso tratar de recordar con exactitud el número de ocasiones en que he escuchado comentarios tales como: “un piropo no se le niega a nadie”; “pero, ¿qué tiene de malo decirle lo ‘buena’ que está a una mujer?”; “ella se lo buscó: ¿para qué sale así vestida? ¡Para llamar la atención!”; “si bien que les gusta a ustedes las mujeres que les alimentemos el ego!”... y la lista es larga, cargada de connotaciones y estereotipos.

Yo, como mujer, al igual que Gioconda Belli, bendigo mi sexo: el cuerpo de la mujer, sencillamente, es hermoso. Que así se reconozca, es algo que se agradece... siempre que se haga con respeto, sin expresiones peyorativas que denigren.

No es de extrañar, entonces, que la preocupación mayor de muchas mujeres, jóvenes, adultas y de edad avanzada, sea el atuendo del día siguiente: en ello se juega la seguridad al transitar por las calles, la seguridad de llegar a una reunión, a clase o a un restaurante con la cabeza en alto, sin miedo a comentarios que enrojecen el rostro y nublan la mirada... Porque, posiblemente muchas mujeres como yo, han optado en más de una ocasión evitar una calle, un lugar, una mesa, un transporte colectivo o un saludo, por miedo al comentario que causará una ropa limpia y bien planchada. Ni hablar de un escote, una falda o unos lindos zapatos de tacón.

Desde luego, hay muchos matices en este asunto. Habrá quien diga que son las mismas mujeres las que provocan estas situaciones, que la ropa entallada y escotes profundos no son propios de oficinas, que esa misma ropa tampoco es la adecuada para caminar por la calle... No obstante la verdad que puede existir en estos argumentos, considero importante hacer hincapié en que, en el día a día, no hay atuendo que nos libre del acoso. Ante los ojos de quien considera el acoso como un piropo, ninguna diferencia hace una abertura o una blusa de cuello alto.

Hoy, con Simone de Beauvoir como mi silente juzgadora, me vuelvo a preguntar: ¿y qué estamos haciendo las mujeres por nosotras mismas? Sí, porque si bien es cierto el acoso lo padecemos en voz del género masculino (generalmente), también lo es que en muchas ocasiones somos testigos presenciales de este reprochable acto, y callamos o peor aún, celebramos el comentario del hermano, el jefe, el amigo, el vecino... el ‘aquel’ por quien sentimos un cariño especial y preferimos ser cómplices que generarnos un conflicto de intereses.

Para mí no se trata de una confrontación de géneros, simplemente, propongo que nos unamos en nuestro género... Mujeres y hombres somos parte integrante de la sociedad en la que vivimos, y formamos, desde nuestra unicidad, una diversidad plena que puede y debe coexistir con el respeto como su principal elemento.

sábado, 5 de febrero de 2011

Ataque a la conciencia


dignidadparallevar @gmail.com

Twitter: @LeticiadelRocio

“Me opongo a la violencia, porque cuando parece causar

el bien éste sólo es temporal,

el mal que causa es permanente.”

Mahatma Gandhi

Agresión: repentina, sorpresiva, de efecto casi contundente. Desprecio: a la vida, a los derechos fundamentales de cualquier persona... de mi persona. Vulnerabilidad: el efecto inmediato...

En días pasados fui víctima de una agresión. Porque así estaba escrito en el libro de mi vida, la consecuencia del ataque sufrido se redujo a trámites para recuperar documentos oficiales y reparar los daños materiales sufridos. No obstante, ese momento está grabado en mi memoria sensorial de manera nítida... En un resquicio de mis pensamientos, deambulan frases que inevitablemente comienzan con el fatídico verbo para mí de conjugación inexistente: ‘si hubiera...’ Y el cuestionamiento, necio, se plantea, y se autoproclama vencedor del sueño necesario suplantado por el insomnio.

La sensación instantánea de vulnerabilidad, de sentirme ajena en aquel espacio mío de repente invadido por un sujeto que en cada movimiento reflejaba un desprecio absoluto a mi desconcierto, mi integridad y mi vida, es una de esas huellas que, sin duda, determinarán muchos de mis movimientos futuros. Sin embargo, yo tuve y tengo opción: tuve la opción de alejarme del agresor, de encontrar refugio y sentirme protegida; tengo la opción de cuidar mis pasos y hacer el máximo esfuerzo por defender a toda costa mi integridad. Y entonces, en medio de la noche, el ‘si hubiera...’ es súbitamente derrotado por otro pensamiento menos individualista, y que, a pesar de ello, me duele más: ¿y qué opciones tienen las ciudadanas y los ciudadanos de Chihuahua, Tamaulipas, Sinaloa y el resto de los estados que padecen de una zozobra continua? ¿Qué opciones tienen las mamás de miles de niños y niñas que, camino a la escuela, son sorprendidas por acciones violentas que vulneran no sólo su espacio, sino su derecho a una vida libre de todo tipo de violencia?

Ahí, entre estadísticas y reportajes, se asoma un hecho irrefutable: la agresión a una persona, sin duda, agrede a la sociedad entera; el ataque a los habitantes de un municipio, ataca a México entero. Porque cuando se altera la paz y tranquilidad de una maestra, un obrero, una estudiante, un servidor público, un ama de casa, y, en general, de cualquier persona que habite en este país, se transgrede el derecho a la vida, y a todo lo que ello implica.

No soy capaz de imaginar la sensación de inseguridad absoluta que se ha de sentir cuando, después de la detonación de una granada, un bloqueo de calles, o un tiroteo a media noche, los titulares de los periódicos anuncian que ‘la situación está controlada’. No soy capaz de imaginar lo que se teje en las mentes de nuestras niñas y niños que, un día sí y otro también, ven pasearse a la muerte frente a su ventana, sin mayor refugio y protección que las caricias de su madre (si es que esa suerte tienen) mientras les susurran suavemente al oído: ‘no te preocupes, todo estará bien’...

Ni está controlada la situación, ni son suficientes esas caricias para que todo esté bien. Es urgente voltear la mirada a los daños reales que tenemos frente a nosotros: la niñez y la juventud de México, este gran país, están dañadas... nuestro futuro como sociedad, ya ha sido dañado. Quienes tenemos opciones diferentes, también tenemos obligaciones diferentes: la obligación moral de promover una reconstrucción real de esquemas, políticas, y porqué no, hasta de estereotipos. Evitemos que ese daño sea irreparable. Evitemos que la violencia se un estilo de vida...

viernes, 28 de enero de 2011

Soledades


dignidadparallevar@gmail.com

Twitter: @LeticiadelRocio

“...es todavía más espantosa la soledad de dos en compañía.”

Ramón de Campoamor

Sólo por segundos, la lluvia se detiene, entre tu mirada y la mía; absorta, callada, con sus manos en forma de gotas recorre tus anhelos y castiga mis pensamientos. A lo lejos, o quizá aquí, muy cerca, se escucha una melodía poco conocida; sus notas suben y bajan al compás de tus sonrisas, se funden con ellas... para escapar después, frívolas, en busca de otra canción dónde refugiarse.

Y lloro. Lloro por lo que nunca fue y nunca ha sido, por lo que es y será siempre: por ese abandono que acompaña, ese silencio que grita en mis oídos, esa soledad que alegremente recorre los espacios que debieron estar repletos de sonrisas.

Aquí estás, no te has ido... y yo te veo partiendo, a kilómetros de distancia de ése, aquel que fuera un sueño compartido...

Y entre la precipitación pausada de agua que cae del cielo, escucho contundentes confesiones de la lluvia: hoy, una gota me confesó que acarició unos amantes... mañana, tal vez, la misma gota me declare su amor por la vida.

Cuando las lágrimas caen en el silencio, su sonido es tan sordo, tan hueco, que es capaz de arrancar pedazos de cordura a la exitencia. Y la vida, ahí, sentada sobre la velocidad inmisericorde que le da su fuerza y la caracteriza, vacía su mirada en cada poro de la piel, la escudriña, la aprueba o la reprueba, siempre con la misma fría objetividad con que decide llegar o, sencillamente, largarse... y los poros se sienten invadidos, seducidos, sentenciados; y así, se convierten en el fiel reflejo de mis soledades, todas invadidas, siempre seducidas, inevitablemente sentenciadas...

Entonces, me alejo, pongo distancia entre mis sentimientos y yo, entre mis juicios y yo, mis pensamientos y yo... me bastan mis sueños, envueltos en soledades...

domingo, 16 de enero de 2011

Sólo se tiene un día: hoy


dignidadparallevar@gmail.com

Twitter: @LeticiadelRocio

“El secreto de la existencia humana no sólo está en vivir,

sino también en saber para qué se vive”

Fiódor Dostoievski

En su mirada se pueden vislumbrar todos los caminos recorridos, todas las luchas ganadas, todos los sueños cumplidos. Su voz, inalterable ante cualquier situación, cobija sus más intrépidos proyectos con un aura infinita de sabiduría. Sus manos se mueven, cautelosas y alegres, al unísono de sus pasos: seguros y sin prisas. Y su abrazo ha sido siempre el sitio seguro donde olvido cualquier dolor, lugar donde se alimenta mi esperanza y se multiplican mis alegrías. Es mi padre, el hombre a quien más amo, admiro y respeto.

Él estuvo pendiente de mis primeros andares en bicicleta, y así como en aquel célebre momento de mi niñez, ha estado siempre a mi lado: manteniendo una distancia prudente para que haga uso de mi libre albedrío, y con la mano lista para ayudarme a levantar de cualquier caída.

Predicando con el ejemplo, me transmitió las que han sido para mí de las más hermosas enseñanzas: respeto al compromiso, la palabra, pero sobre todo, a la persona; y una incuestionable congruencia entre su pensamiento, palabra y acción.

Seguramente la existencia de ese gran hombre en mi vida ha sido determinante para que yo tenga la convicción de que el respeto entre los géneros es el mejor camino para la armonía en la diaria convivencia, y quizá por ese mismo motivo, he reconocido a muchos hombres grandes en sus acciones, palabras o sentimientos.

Ningún sentido tendría escribir estas palabras dedicadas a un recuerdo, creo que sería tanto como regar una planta que ya ha muerto...

En nuestra sociedad existen muchas buenas personas, hombres y mujeres, siempre dispuestas a ayudar, proponer, trabajar, luchar y, sobre todo, a ser felices... Esa persona puede ser tu madre, tu hermano, tu pareja, aquel compañero de oficina que siempre te saluda cordialmente y de quien no recuerdas su nombre... Reconozcamos el esfuerzo de esas personas, abriguemos sus esperanzas con el cariño que merecen, regalemos esa sonrisa que tanto esperan; sólo se tiene un día para hacerlo: hoy.

sábado, 8 de enero de 2011

Heroínas anónimas


dignidadparallevar@gmail.com

Twitter: @LeticiadelRocio

“La grandeza de una persona se puede manifestar en los grandes momentos,

pero se forma en los instantes cotidianos.”

Phillips Brooks

Ella es una mujer de aproximadamente cuarenta años. La vida le ha ayudado a desarrollar capacidades que han sido determinantes en su avance profesional. En su monedero nunca ha sobrado el dinero, pero siempre ha sido suficiente no sólo para los gastos propios de su casa, sino también para ayudar a cumplir los sueños de… ¿cuántas personas? Cuando creo saber con exactitud el número, me entero de alguien más que se ha visto favorecido o favorecida con su generosidad: por aquí una colegiatura, por allá la cita con un doctor; y la lista es larga. Una mujer que desinteresadamente ayuda a construir presentes y futuros.

Acá está otra mujer que, rebasados los cincuenta años, rebosa alegría y juventud en su mirada. Tanta energía eclipsa vivencias dolorosas que emanan por los poros de su piel, transformándose en sonrisas para quien se cruce en su camino. Con una fuerza y coraje dignos de un épico guerrero troyano, ha superado sus propias circunstancias sin mayor arma que el amor por la vida… amor que transmite en cada palabra, y que se diluye en las miradas lejanas que le regala al horizonte de sus recuerdos. Con una pasión sin límite ha enseñado letras, ideas, teorías y técnicas; y modestamente se presenta, simplemente, como maestra… Para mí, la gran maestra de mi vida.

Allá, una joven mujer de gran inteligencia y corazón, que supera los obstáculos con tenacidad y una permanente sonrisa; que está presente siempre, superando cualquier concepto de tiempo y espacio… Que no se rinde, que se reconstruye con alegría y se alimenta, paradójicamente, de su inagotable sed de conocimiento… Una mujer que me ha ayudado a entender el significado de la vida, y que con poca o mucha sutileza me ayuda a descubrir una ruta, un fallo y hasta un sueño.

Mujeres, todas, que tengo el honor de llevar en mi corazón como a mi amiga, mi madre, y mi hermana de vida.

No son las únicas, y desde luego, hay tantos ejemplos de heroínas como, seguramente, mujeres habitan este país. Voltea, abre los ojos de tu corazón; esa mujer, esa gran heroína, puede estar en este momento a tu lado, atendiendo las llamadas que recibes, haciendo la limpieza del lugar donde vives, informando las últimas noticias en la radio, colaborando contigo en el último proyecto…

La voz de esas mujeres se escucha en cada uno de nuestros pasos, su lucha diaria llena de colores nuestros días, y su imaginación sin límite edifica cimientos seguros en nuestro camino. Valora y respeta a la mujer que tienes a tu lado… lo que ella hace en este instante, hace la diferencia en tu día.

viernes, 31 de diciembre de 2010


En este lado del mundo, faltan pocas horas para que el 2010 diga adiós, y ese abandono pinta de colores mi existencia.
En este año reí, lloré, bailé, dudé, me decepcioné de mis propias expectativas, temí... en una palabra: viví. Cada segundo de los 365 días que hoy marcan el fin de un ciclo, han dejado en mi vida una huella imposible de borrar.
Hoy sólo puedo decir: gracias... Gracias a Dios por las amistades que siguen a mi lado, las que se fueron, las que nunca fueron tales; gracias a Dios por el amor, la dicha, la tristeza, las sonrisas de los niños y los intrépidos vuelos de los pájaros... sobre todo, gracias a Dios por permitirme ver la sonrisa dibujada en el rostro de mis padres, por su cariño, su presencia... gracias por el milagro de mantenerlos a mi lado.
Cuando el reloj marque el inicio de un nuevo año, y con él, de una nueva época, deseo que la fe se renueve en el corazón de todas las personas que, sin duda, tienen el mejor motivo para celebrar: la Vida.

domingo, 26 de diciembre de 2010

¿Te llamo en cinco minutos?

“Las palabras están llenas de falsedad o de arte;

la mirada es el lenguaje del corazón”. William Shakespeare

“Estoy en una junta… ¿te llamo en cinco minutos?”…Y al otro lado de la línea, la persona podría esperar diez, treinta o sesenta minutos esa llamada, incluso un día entero. Lo mismo sucede cuando escuchamos ‘te busco la semana próxima para comer’; ‘nos ponemos de acuerdo un día de estos para ir al teatro’ o cualquier otro evento sin fecha ni hora determinados.

¿Cuántas ocasiones hemos escuchado frases similares? Todas tan parecidas entre sí, aunque difieran en las palabras utilizadas, comparten un común denominador ambiguo: llevan implícita la promesa de cumplir lo que se dice, pero también un sutil recordatorio de no fiarnos del incierto futuro… No, ¡mentira! No es un sutil recordatorio de lo incierto del futuro, sino del poco valor que se otorga a la palabra dada… Sí, porque en estos tiempos pareciera que la palabra vale menos que nada: con la misma facilidad con que se dice “te llamo en cinco minutos” se dice, siete horas después: “cierto, quedé en llamarte, dime, ¿qué se te ofrecía?”

Parece que ahora es una mala costumbre cumplir lo que se dice, peor aún, resulta de mal gusto exigir que se cumpla lo que, de una u otra forma, nos fue prometido… ¿Por qué no detenernos a analizar las consecuencias que tiene ese actuar tan informal y carente de compromiso? Porque, cuando una persona ofrece llamar en cinco minutos y no cumple, también se ofrecerá a pasar por nuestra casa la próxima semana, sin cumplir, desde luego; y con esa misma alegría casi infantil prometerá aumentar el número de elementos de seguridad en las calles de nuestra colonia, para después asegurar que hará su máximo esfuerzo legislativo por eliminar la tenencia, lo que sin duda tampoco le impedirá repetir, una y otra vez, que no descansará hasta dar con el paradero de todos los delincuentes del país, y hacer que purguen la condena que les corresponda por todos los delitos cometidos… y la lista sigue, y el incumplimiento prevalece.

El argumento que esgrimen en su defensa quienes tienen por costumbre no cumplir lo que prometen, es tan sencillo como endeble: las exigencias del día a día impiden que se cumpla todo aquello que se dice…Y nos hemos acostumbrado a eso: cuando escuchamos a quien tenemos por interlocutor, difícilmente creemos sus palabras pues, complacientes, hemos firmado un acuerdo tácito: ni te creo todo lo que me digas, ni tú cumplirás todo lo que ofreces.

Qué lamentable que no seamos capaces de reconocer nuestras humanas limitaciones y nuestros humanos errores; qué lamentable encontrar tan poca honestidad en nuestros argumentos y, en cambio, escuchar, una y otra vez, promesas poco creíbles… Qué lamentable ser un pueblo acostumbrado a la informalidad y a la falta de verdad, y más lamentable, quizá, que justifiquemos tan graves faltas, ignorando las consecuencias. Porque esas promesas incumplidas, por menores que sean, van escribiendo historia: una historia de mentiras que deambula en nuestras calles, se mete por las rendijas de las ventanas a nuestras casas y lentamente, se convierten en realidades; mentiras, todas reales, que dibujan las paredes de nuestro destino, sostenido en hechos inciertos y palabras sin valor.

Ojalá, poco a poco, rescatemos el coraje y valor necesarios para hacer un ejercicio de honestidad diario, y comenzar a darle la vuelta a ese círculo vicioso en el que cómodamente nos hemos instalado…y seamos capaces de enseñar, con nuestro ejemplo, a nuestras niñas y niños, que es posible construir y vivir en un mundo sin falsedades baratas.

Autora de ‘Dignidad para llevar’

Twitter: @LeticiadelRocio