domingo, 27 de marzo de 2011

¡Ser feminista es LO MÍO!


Por: Leticia del Rocío Hernández

dignidadparallevar@gmail.com

Twitter: @LeticiadelRocio

La Real Academia Española ha definido el estereotipo como la ‘imagen o idea aceptada comúnmente por un grupo o sociedad con carácter inmutable’. Desde mi punto de vista, particularmente en cuestiones de género, la definición ha sido rebasada por la realidad. Los estereotipos también son ideas impuestas por una maquinaria con visión sexista.

Soy férrea defensora de la libertad de expresión. Sin embargo, creo que este derecho tiene una regla que de ninguna manera debe transgredirse: el respeto. Respeto a la persona... sin distinguir género, condición, educación, ocupación o ideología.

Las feministas no somos, por antonomasia, detractoras del género masculino. Las feministas tampoco somos un grupo de mujeres que enarbola la bandera de la intransigencia como defensa de nuestras ideas.

Pocos días después de la celebración del centésimo aniversario del Día Internacional de la Mujer, leí en una revista de circulación nacional, leída por muchas personas entre los 15 y 25 años, una descripción de los ‘tipos de amigas’. Entre los estereotipos propuestos, estaba, desde luego, el de la feminista. Descripción vaga, corta, ya no de imaginación, sino de información. La mencionada descripción termina con una frase que en sí misma es -desde mi punto de vista- un insulto a quienes nos decimos feministas: ‘...a veces le sale un ligero bigotito’. Un insulto, sí. Porque con la imagen visual que la frase provoca, se soslaya el trabajo de grandes mujeres que diariamente, desde su trinchera personal, buscan un cambio real en la sociedad en que vivimos; mujeres que luchan porque la equidad de género se materialice en acceso a la educación, la salud y puestos públicos de millones de mujeres alrededor del mundo; mujeres que cantan, barren aceras y arreglan jardines, educan a niños y niñas, escriben, pintan, bailan, se manifiestan, hacen plantones, dan conferencias y/o entrevistas...todo, con un loable objetivo: ser la voz, en formas tan multiplicadas y diversas, de otras mujeres.

A nuestro alrededor sobran los ejemplos de esa necia insistencia por denigrar, sutilmente, la hermosa esencia femenina... esencia que va más allá de un color, un gusto, una actividad. Desde espectaculares impresionantes, he leído frases que hacen alusión a actividades propias ya no de mujeres, sino de mujeres que además son amas de casa, según los estereotipos convencionalmente aceptados por determinados sectores de la sociedad: si eres ama de casa, seguramente ‘lo tuyo’ es ir a clases de macramé y/o jugar canasta... ¿Cuántas propuestas similares a ésta se verán en esos espectaculares?

Podrías decir que exagero. Que le doy demasiada importancia a los eventos o al mundo de la mercadotecnia. Mi respuesta es sencilla: la vida se construye de detalles. Y cada ‘detalle’, en cuestión de género, es relevante.

Lo he dicho muchas veces: el respeto entre los géneros es y será la única garantía de la convivencia armónica en la sociedad. No se trata de reivindicar un género denostando al otro... nuestra experiencia en esta vida es rica gracias a los detalles, y el mundo es rico gracias a las diferencias.

lunes, 14 de marzo de 2011

No me insultes por ser mujer...

Por: Leticia del Rocío Hernández

dignidadparallevar@gmail.com

Twitter: @LeticiadelRocio

Jeans y botas. Complexión delgada. Una mujer con estas características, bastante comunes, ingresa a un plantel educativo de nivel medio superior. Hay hombres (sí, hombres: no son ‘jovencitos’ y tampoco unos niños, son hombres), entre los 18 y 20 años jugando football y basquetball en la entrada. Son aproximadamente 30. También hay mujeres. Y al pasar la mujer, la de características bastante comunes, basta con que uno de los hombres comience a chiflar, para que los pasos de la mujer sean brutalmente acompasados por una rechifla que en sus oídos suena violenta...

Ella no pierde el paso, mantiene la cabeza erguida, mientras siente que su interior enrojece más que su cara. Decide acercarse a una joven que viene en dirección contraria, para preguntarle dónde se ubica el edificio al que necesita llegar. La joven, para su sorpresa, al ver que los pasos se dirigen hacia ella, comienza a alejarse... No la culpo. Seguramente, avergonzada en forma solidaria, no quería ser blanco indirecto de la rechifla.

Al salir del plantel, casi una hora después, la mujer se alegra de que la gran mayoría de los hombres ya no se encuentren en las canchas. Y al enfilar sus pasos a la puerta de salida, una nueva agresión. A unos 20 metros de ella, hay un grupo de seis hombres y tres mujeres, uno de ellos comienza a chiflar y gritar lo que seguramente él calificaría como ‘piropos’. Al no obtener ninguna respuesta que no sea el eco de los pasos de la mujer, grita, entre risas tanto de hombres como mujeres: ‘¡si bien que te gusta que te estén chiflando, perra!’. Ella, por una milésima de segundo, duda en detenerse... pero sigue su camino.

La mujer, finalmente, sale del plantel. Ya en la calle, pasa junto a un numeroso grupo de albañiles que están tomando un descanso, uno de ellos dice tan sólo ‘buenas tardes’. Ella, en silencio, agradece tan amable gesto, mientras le regala algo que parece una tímida sonrisa. Horas más tarde, la misma mujer pasa junto a un camión recolector de basura. Mientras dos hombres acomodan las bolsas, uno más se hace a un lado para que la mujer pase... No se escucha rechifla alguna, tampoco comentarios obscenos. Esta experiencia, denigrante para quien la vive, la aprovecho para invitar a la reflexión.

Si hubiera contado esta historia sin las descripciones correspondientes, poniendo sobre la mesa la pregunta: ‘¿a qué grupo de hombres pertenecían los estudiantes?’, sin duda, más de una persona habría asegurado que se trataba del segundo o tercer grupo. Estigmas. Somos víctimas de los estigmas.

Y, si hubiera dicho tan sólo que una mujer fue objeto de violencia, seguramente más de una persona habría supuesto que la experiencia habría sido consecuencia de golpes físicos o agresión sexual. Sin embargo, hay actos de violencia que, al menos en el Distrito Federal, sí están identificados en la legislación vigente. De acuerdo al artículo séptimo de la Ley de Acceso de las Mujeres a una Vida libre de violencia del Distrito Federal, una de las modalidades de la violencia es la violencia en la comunidad: “...cometida de forma individual o colectiva, que atenta contra su seguridad e integridad personal y que puede ocurrir en el barrio, en los espacios públicos o de uso común, de libre tránsito o en inmuebles públicos propiciando su discriminación, marginación o exclusión social”. No obstante, aún cuando no en todas las legislaciones se encuentre reconocido este tipo de violencia, no deja de ser violencia.

Por último, como bien han puntualizado muchas personas a lo largo y ancho del país y el mundo entero, el lenguaje sexista denigra, empobrece. A principios del mes de noviembre del año pasado, Ana Schwarz en la red social Twitter (@anaschwarz) daba cuenta de algunos ejemplos. Entre ellos, resalta la connotación que se le da a ‘hombre público’ vs. ‘mujer pública’; lo mismo sucede con: “perro: el mejor amigo del hombre”... y, ¿qué cruza por la mente de muchas personas cuando a una mujer se le dice “perra”?

Nada justifica que un grupo de hombres, envalentonados por el número, circunstancia o ubicación donde se encuentre, agreda en forma alguna a ninguna mujer. Nada justifica que una sola mujer aplauda o consienta, con su acción u omisión, el ataque a otra congénere. Piensa: ¿cuántas veces has permitido o has actuado, activa o pasivamente, de una agresión similar? No, a las mujeres no nos gusta que nos exhiban con chiflidos ni que nos insulten... No olvidemos que el respeto entre los géneros es nuestra garantía para crecer como sociedad.

domingo, 6 de marzo de 2011

Realidades violentas


“La humanidad no puede liberarse de la violencia

más que por medio de la no violencia”.

Mahatma Gandhi.

Por: Leticia del Rocío Hernández

dignidadparallevar@gmail.com

twitter: @LeticiadelRocio

Iniciado el año de 1996, cargada de esperanzas y una que otra duda, llegué a la ciudad de Saltillo, Coahuila. Ahí habitan muchos de mis mayores ‘quereres’... esa ciudad alberga en sus páginas mis noches insomnes llenas de sueños, algunas desilusiones, muchos anhelos...y tantos, tantos recuerdos.

Ahí obtuve mi primer trabajo, y fue como me declaré enamorada del servicio público. Al poco tiempo, me incorporé a un círculo de amigos y amigas que, al día de hoy, me siento dichosa y orgullosa de poder decir que aún conservo. Cobijada por la quietud de sus calles, en el rincón de un restaurante vegetariano ubicado en la calle de Victoria, fue donde conocí a Simone de Beauvoir... recuerdo el momento exacto en que la frase –y todas sus implicaciones posibles-: ‘no se nace mujer: se llega a serlo’ comenzó a dar vueltas en mi cabeza...

Hoy, con el ánimo estrujado, violentado por una convulsión de emociones que no encuentran cabida ni salida en mi cuerpo, escucho con impotencia las noticias que informan que esa ciudad, conocida como ‘la Atenas de México’, se sacude bajo la amenaza de una violencia sin distingo que, lamentablemente, es característica ya de una gran parte del territorio nacional.

Cierto es que esta situación se vive y se ha vivido con mayor impacto en otras regiones; cierto es que las balaceras son, prácticamente, el pan nuestro de cada día de la realidad mexicana. Sin embargo, con lágrimas en los ojos y la cabeza muy en alto, puedo decir que tantos hechos violentos han sido insuficientes para mermar en forma alguna mi capacidad de asombro; que ninguna noticia ha logrado que mi ser sea insensible a la tragedia... tragedia que, para mí, nunca es ni será ajena. Ciudad Juárez me duele, Reynosa me duele, Monterrey me duele, Saltillo me duele... mi país entero me duele. Y es un dolor que permea cada pensamiento, y que en días de mayor ánimo, logro transmutarlo en palabras de aliento, en escritos que invitan a la reflexión. Hoy me ha resultado, sencillamente, tarea casi imposible.

Este año se celebra el centésimo aniversario del Día Internacional de la Mujer. Son muchas las mujeres mexicanas que merecen un reconocimiento a su labor constante por fomentar la participación de nosotras, sus congéneres, en las esferas políticas y económicas. No obstante, también son muchas las mujeres para las que este significativo 8 de marzo, será como un día cualquiera... Unas se abrazarán al vacío que ha dejado la partida de seres queridos que viven en forma ilegal ‘en el otro lado’; otras llorarán un día más la ausencia del hijo o hija que fue víctima de la violencia; habrá quienes callando abusos y ocultando bajo su rostro las vejaciones de las cuales son objeto, salgan a trabajar jornadas laborales extenuantes (muchas de ellas ilegales), para poder alimentar a quienes dependen económicamente de ellas. Son estas mujeres, de las que desconocemos nombre, origen, ocupación y condición, quienes, para mí, mayor reconocimiento merecen; son ellas las que mantienen los pilares de una sociedad estremecida, las que sostienen una lucha que, para quienes somos ajenas y ajenos a su realidad, pareciera sin sentido... Son ellas la razón de ser y de existir de esta fecha, tan vigente como actual, pues son las mujeres quienes resultan más afectadas en los conflictos.

Quienes hemos tenido opciones y oportunidades diferentes, hombres y mujeres, tenemos una obligación moral ineludible: voltear a ver la realidad que azota nuestra puerta, sin disimulo ni apatía... la sociedad mexicana está compuesta por quienes transitamos libremente por las calles, y por quienes celebran el cumpleaños de sus seres queridos a la luz de un encierro forzado. Es urgente acallar las balas, es urgente arrancar sonrisas...

sábado, 26 de febrero de 2011

Construyendo identidades falsas


Las arrugas de la piel son ese algo

indescriptible que procede del alma”

Simone de Beauvoir

Por: Leticia del Rocío Hernández

dignidadparallevar@gmail.com

twitter:@LeticiadelRocio

Un día como cualquier otro, realizaba mis actividades cotidianas acompañada de esa amiga fiel en que se ha convertido la radio. La actividad del momento me impidió realizar mi faena favorita: cambiar la estación en cuanto inician los anuncios. Y fue como escuché lo que para mí fue el más aterrador de todos. Se trata de la publicidad de un colchón: una mujer que descansó en el colchón de la marca anunciada, dice haberse soñado ‘guapa, joven y rica’; sin haber dormido en el referido colchón, se sueña ‘casada y con cuatro hijos’. Lo primero, un sueño reparador; lo segundo, una pesadilla.

Este anuncio lo considero como un atentado al ser mujer y a nuestra libertad de elección.

Atentado a la libertad de elección, porque si bien es cierto que existen muchas mujeres que son madres no porque hayan optado serlo, hay muchas mujeres que así lo han decidido. En uno y en otro caso, esas mujeres merecen nuestro respeto, admiración y solidaridad. Respeto por el simple hecho de ser personas; admiración porque es una de las tareas más nobles; solidaridad porque, si bien es noble, tampoco es una tarea sencilla. Así las cosas, ¿por qué debiera traducirse como pesadilla el que una mujer se sueñe casada y con cuatro hijos? ¿Cuál es la intención al estigmatizar la condición de ser madre?

Atentado al ser mujer, porque cada mujer es única, cada mujer es una versión irrepetible del género femenino; sin embargo, ignorando esa unicidad que a cada persona identifica, se propone una versión deseable, ‘la buena’: guapa, joven y rica. Fue inevitable que recordara el análisis que Lorella Zanardo, empresaria milanesa, hiciera en su documental Il corpo delle donne: “...La mujer propuesta parece contentar y secundar cada presunto deseo masculino, ...Está reducida y se reduce a ser un objeto sexual ocupada en una lucha contra el tiempo que la obliga a deformaciones monstruosas... Estoy segura de que, sin esta presión del ´tener qué ser guapas´siguiendo cánones que no hemos elegido, nos aceptaríamos más tal y como somos”.

Citar aquí los programas, noticieros y publicidad donde las palabras de Zanardo se palpan como una realidad lacerante, sería tarea casi interminable: la cosificación de la mujer es dramáticamente palpable casi en cualquier punto donde se dirija nuestra vista. Y parte fundamental de esa cosificación, es ese prototipo de mujer impuesto... y detrás del cual muchas congéneres femeninas asaltan no sólo sus bolsillos, sino su integridad. Respetable que toda persona desee verse bien y sentirse mejor, cuestionable cuando esa acción no es voluntaria, sino fomentada por una presión social de verse siempre ‘jóvenes y guapas’.

Próxima está la fecha en que se celebra el Día Internacional de la Mujer. Comienzan a organizarse eventos, circular mensajes, escritos y ventas a propósito de este día, la mayoría enfocados a ‘festejar’ a la mujer. Particularmente, no creo que se trate de una fecha para festejar, pero sí es propicia para reflexionar sobre los avances que se han logrado para acortar la brecha de género que persiste en el acceso a la salud, educación y trabajo; y tal vez, por qué no, para preguntarnos: ¿con qué ojos nos vemos las mujeres? ¿cómo nos escuchamos las mujeres? ¿Somos capaces de vernos conforme a lo que somos, como mujeres, con respeto a nuestra integridad y femineidad? O bien, parafraseando a Zanardo, ¿sólo nos vemos unas a otras con ojos masculinos?

Anna Magnani, mujer, madre, actriz italiana de cine y teatro, y galardonada por la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas por su actuación La rosa tatuada, cuando su maquillista intentaba hacer parte de su trabajo, esto es, difuminar las huellas (arrugas) de su rostro, pedía: ‘Déjamelas todas, no me quites ni una, he tardado una vida para procurármelas’... Cierto: toma una vida, segundo a segundo, ser mujer.

viernes, 11 de febrero de 2011

Más que una sutil impertinencia


Por: Leticia del Rocío Hernández

dignidadparallevar@gmail.com

Twitter: @LeticiadelRocio

Alguna vez lo dije: es inconcebible que la preocupación mayor de muchas mujeres sea el atuendo que habrá de usarse al día siguiente. Me faltaba vivir, creo yo, algunas experiencias. Hoy, simplemente, lo entiendo.

Seguramente no soy la única mujer que a diario escucha y lee noticias que bien pueden hacer hervir la sangre o enmudecer los sentidos, noticias que están directa o indirectamente relacionadas con la violencia hacia el género femenino y su máxima expresión: los feminicidios.

Qué hacer para que esas noticias reduzcan significativamente su número, es una tarea que involucra a todos los actores de la sociedad en distintos niveles de responsabilidad; sin embargo, considero que las acciones no sólo deben enfocarse a lo más visible. Hay actos en la vida diaria, que también transgreden la seguridad y libertad de las mujeres... actos a los que la sociedad prácticamente nos ha obligado a acostumbrarnos, y que cuando nos quejamos de ellos, nos tildan de exageradas... por decir lo menos.

Hace días leí en el blog de @HollaBackCzech una realidad indiscutible y que, sin duda, no tiene idioma o nacionalidad: el acoso. Y no es cualquier acoso. Es el acoso que se sufre desde el instante inmediato que transcurre entre cerrar la puerta de la casa y poner un pie en la calle... pie calzado con tacón o zapato tenis, da lo mismo.

Sería ocioso tratar de recordar con exactitud el número de ocasiones en que he escuchado comentarios tales como: “un piropo no se le niega a nadie”; “pero, ¿qué tiene de malo decirle lo ‘buena’ que está a una mujer?”; “ella se lo buscó: ¿para qué sale así vestida? ¡Para llamar la atención!”; “si bien que les gusta a ustedes las mujeres que les alimentemos el ego!”... y la lista es larga, cargada de connotaciones y estereotipos.

Yo, como mujer, al igual que Gioconda Belli, bendigo mi sexo: el cuerpo de la mujer, sencillamente, es hermoso. Que así se reconozca, es algo que se agradece... siempre que se haga con respeto, sin expresiones peyorativas que denigren.

No es de extrañar, entonces, que la preocupación mayor de muchas mujeres, jóvenes, adultas y de edad avanzada, sea el atuendo del día siguiente: en ello se juega la seguridad al transitar por las calles, la seguridad de llegar a una reunión, a clase o a un restaurante con la cabeza en alto, sin miedo a comentarios que enrojecen el rostro y nublan la mirada... Porque, posiblemente muchas mujeres como yo, han optado en más de una ocasión evitar una calle, un lugar, una mesa, un transporte colectivo o un saludo, por miedo al comentario que causará una ropa limpia y bien planchada. Ni hablar de un escote, una falda o unos lindos zapatos de tacón.

Desde luego, hay muchos matices en este asunto. Habrá quien diga que son las mismas mujeres las que provocan estas situaciones, que la ropa entallada y escotes profundos no son propios de oficinas, que esa misma ropa tampoco es la adecuada para caminar por la calle... No obstante la verdad que puede existir en estos argumentos, considero importante hacer hincapié en que, en el día a día, no hay atuendo que nos libre del acoso. Ante los ojos de quien considera el acoso como un piropo, ninguna diferencia hace una abertura o una blusa de cuello alto.

Hoy, con Simone de Beauvoir como mi silente juzgadora, me vuelvo a preguntar: ¿y qué estamos haciendo las mujeres por nosotras mismas? Sí, porque si bien es cierto el acoso lo padecemos en voz del género masculino (generalmente), también lo es que en muchas ocasiones somos testigos presenciales de este reprochable acto, y callamos o peor aún, celebramos el comentario del hermano, el jefe, el amigo, el vecino... el ‘aquel’ por quien sentimos un cariño especial y preferimos ser cómplices que generarnos un conflicto de intereses.

Para mí no se trata de una confrontación de géneros, simplemente, propongo que nos unamos en nuestro género... Mujeres y hombres somos parte integrante de la sociedad en la que vivimos, y formamos, desde nuestra unicidad, una diversidad plena que puede y debe coexistir con el respeto como su principal elemento.

sábado, 5 de febrero de 2011

Ataque a la conciencia


dignidadparallevar @gmail.com

Twitter: @LeticiadelRocio

“Me opongo a la violencia, porque cuando parece causar

el bien éste sólo es temporal,

el mal que causa es permanente.”

Mahatma Gandhi

Agresión: repentina, sorpresiva, de efecto casi contundente. Desprecio: a la vida, a los derechos fundamentales de cualquier persona... de mi persona. Vulnerabilidad: el efecto inmediato...

En días pasados fui víctima de una agresión. Porque así estaba escrito en el libro de mi vida, la consecuencia del ataque sufrido se redujo a trámites para recuperar documentos oficiales y reparar los daños materiales sufridos. No obstante, ese momento está grabado en mi memoria sensorial de manera nítida... En un resquicio de mis pensamientos, deambulan frases que inevitablemente comienzan con el fatídico verbo para mí de conjugación inexistente: ‘si hubiera...’ Y el cuestionamiento, necio, se plantea, y se autoproclama vencedor del sueño necesario suplantado por el insomnio.

La sensación instantánea de vulnerabilidad, de sentirme ajena en aquel espacio mío de repente invadido por un sujeto que en cada movimiento reflejaba un desprecio absoluto a mi desconcierto, mi integridad y mi vida, es una de esas huellas que, sin duda, determinarán muchos de mis movimientos futuros. Sin embargo, yo tuve y tengo opción: tuve la opción de alejarme del agresor, de encontrar refugio y sentirme protegida; tengo la opción de cuidar mis pasos y hacer el máximo esfuerzo por defender a toda costa mi integridad. Y entonces, en medio de la noche, el ‘si hubiera...’ es súbitamente derrotado por otro pensamiento menos individualista, y que, a pesar de ello, me duele más: ¿y qué opciones tienen las ciudadanas y los ciudadanos de Chihuahua, Tamaulipas, Sinaloa y el resto de los estados que padecen de una zozobra continua? ¿Qué opciones tienen las mamás de miles de niños y niñas que, camino a la escuela, son sorprendidas por acciones violentas que vulneran no sólo su espacio, sino su derecho a una vida libre de todo tipo de violencia?

Ahí, entre estadísticas y reportajes, se asoma un hecho irrefutable: la agresión a una persona, sin duda, agrede a la sociedad entera; el ataque a los habitantes de un municipio, ataca a México entero. Porque cuando se altera la paz y tranquilidad de una maestra, un obrero, una estudiante, un servidor público, un ama de casa, y, en general, de cualquier persona que habite en este país, se transgrede el derecho a la vida, y a todo lo que ello implica.

No soy capaz de imaginar la sensación de inseguridad absoluta que se ha de sentir cuando, después de la detonación de una granada, un bloqueo de calles, o un tiroteo a media noche, los titulares de los periódicos anuncian que ‘la situación está controlada’. No soy capaz de imaginar lo que se teje en las mentes de nuestras niñas y niños que, un día sí y otro también, ven pasearse a la muerte frente a su ventana, sin mayor refugio y protección que las caricias de su madre (si es que esa suerte tienen) mientras les susurran suavemente al oído: ‘no te preocupes, todo estará bien’...

Ni está controlada la situación, ni son suficientes esas caricias para que todo esté bien. Es urgente voltear la mirada a los daños reales que tenemos frente a nosotros: la niñez y la juventud de México, este gran país, están dañadas... nuestro futuro como sociedad, ya ha sido dañado. Quienes tenemos opciones diferentes, también tenemos obligaciones diferentes: la obligación moral de promover una reconstrucción real de esquemas, políticas, y porqué no, hasta de estereotipos. Evitemos que ese daño sea irreparable. Evitemos que la violencia se un estilo de vida...

viernes, 28 de enero de 2011

Soledades


dignidadparallevar@gmail.com

Twitter: @LeticiadelRocio

“...es todavía más espantosa la soledad de dos en compañía.”

Ramón de Campoamor

Sólo por segundos, la lluvia se detiene, entre tu mirada y la mía; absorta, callada, con sus manos en forma de gotas recorre tus anhelos y castiga mis pensamientos. A lo lejos, o quizá aquí, muy cerca, se escucha una melodía poco conocida; sus notas suben y bajan al compás de tus sonrisas, se funden con ellas... para escapar después, frívolas, en busca de otra canción dónde refugiarse.

Y lloro. Lloro por lo que nunca fue y nunca ha sido, por lo que es y será siempre: por ese abandono que acompaña, ese silencio que grita en mis oídos, esa soledad que alegremente recorre los espacios que debieron estar repletos de sonrisas.

Aquí estás, no te has ido... y yo te veo partiendo, a kilómetros de distancia de ése, aquel que fuera un sueño compartido...

Y entre la precipitación pausada de agua que cae del cielo, escucho contundentes confesiones de la lluvia: hoy, una gota me confesó que acarició unos amantes... mañana, tal vez, la misma gota me declare su amor por la vida.

Cuando las lágrimas caen en el silencio, su sonido es tan sordo, tan hueco, que es capaz de arrancar pedazos de cordura a la exitencia. Y la vida, ahí, sentada sobre la velocidad inmisericorde que le da su fuerza y la caracteriza, vacía su mirada en cada poro de la piel, la escudriña, la aprueba o la reprueba, siempre con la misma fría objetividad con que decide llegar o, sencillamente, largarse... y los poros se sienten invadidos, seducidos, sentenciados; y así, se convierten en el fiel reflejo de mis soledades, todas invadidas, siempre seducidas, inevitablemente sentenciadas...

Entonces, me alejo, pongo distancia entre mis sentimientos y yo, entre mis juicios y yo, mis pensamientos y yo... me bastan mis sueños, envueltos en soledades...