lunes, 6 de febrero de 2012

Yo quiero a Norma Andrade viva



‘Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala,
es el silencio de la gente buena’.
Mahatma Gandhi

En mi historia personal se encuentra, en un capítulo que merece mención aparte, un número interesante de mudanzas. Hubo un tiempo, incluso, que consideré buena opción que mi madre se anunciara en los periódicos como experta en el tema, bajo el lema: ‘aprenda a administrar tiempo y espacios para que su mudanza sea un éxito’. Cada mudanza traía aparejadas sensaciones diferentes, retos personales y familiares; sin embargo, el denominador común era la voluntad. Viajar de ciudad en ciudad siempre fue decisión propia, acto motivado por nuestros deseos y sueños familiares y/o personales. Y a pesar de ello, un aire de nostalgia me invadía cuando tenía frente a mí cajas llenas de ropa, zapatos y libros, y estantes vacíos que demandaban ser llenados.

Al hacer un recuento de estas experiencias personales, me pregunto: ¿qué habría sentido si cada cambio de domicilio viniera acompañado no por alegres expectativas, sino por el miedo de ser asesinada a la vuelta de cualquier esquina? ¿Habría tenido oportunidad de hacerme acompañar por mis diarios, mis libros, las fotografías más queridas? Y, de haber tenido la necesidad urgente de abandonar mi casa, ¿a quién le avisaría de mi partida? ¿Sería seguro despedirme? ¿Sería necesario perder todo contacto con mi gente, mis raíces, para sobrevivir?

Se me ocurre que Norma Esther Andrade podría ayudarme a contestar estas interrogantes… Ella, gran mujer de fuerza inquebrantable, sufrió la violenta muerte de su hija, y como respuesta, fundó la Organización Nuestras hijas de regreso a casa; por amor a su hija, inició una lucha sin cuartel para evitar que queden en la impunidad los feminicidios que acechan desde hace varios años a Ciudad Juárez. Su labor ha hecho visible una realidad sin cortapisas: ser mujer es sinónimo de riesgo constante.

Sin embargo, la lucha de Norma Andrade ha tenido un costo muy alto: su vida corre peligro. Y, lo más grave –si es que hay algo más grave que tener la certeza que la propia vida pende de un hilo muy delgado, es que pareciera que en México, ‘el mejor lugar para vivir y sentir’, no hay lugar seguro para ella…

¿Por qué ha de sumarse a su dolor la incertidumbre, la vulnerabilidad más cruel? ¿Por qué en México personas que lucran con la salud y la vida de millones de niños y niñas sí tienen un lugar seguro y Norma Andrade no? ¿Por qué sí es posible contemplar, dentro de las partidas presupuestales correspondientes, millones y millones de pesos destinados a la ‘seguridad nacional’ y no es posible contemplar en las políticas públicas una vida digna y decorosa para las y los defensores de derechos humanos, para las y los activistas como Norma Andrade?

Yo no quiero a Norma Andrade fuera de México, su país y mi país: yo quiero a Norma Andrade aquí, en esta tierra que la vio nacer a ella y a sus hijas; pero la quiero libre, segura, sin miedos ni amenazas… Yo quiero a todas las Normas Andrades de mi país (que cada día, tristemente, va creciendo exponencialmente el número), caminando seguras por la calle; que si se esconden sea de la lluvia o el granizo inesperado… que guarden bajo el brazo la foto de su hija o de su hijo, y no la desesperanza de quien no tiene a dónde ir para mantenerse con vida… Y que si el día de mañana Norma Andrade decide cambiar de domicilio, sea porque allá donde se dirijan sus pasos hay una motivación para seguir su lucha, porque en ese destino la esperan otros desafíos… repisas vacías donde acomode sus pertenencias, las que ella decida que la acompañen en esa nueva aventura.

Yo quiero a Norma Andrade con vida. Con la vida que ELLA elija… Si es cierto que México es un ‘país para vivir y sentir’, ¿por qué Norma Andrade no tiene oportunidad de vivir y sentir, y sólo transita de sufrimiento en sufrimiento? ¿De qué sirve tanto dinero invertido en carreteras y puentes federales si para madres y mujeres como Norma Andrade no hay un camino que pueda recorrer con seguridad?

Seamos su voz, seamos sus palabras: Yo quiero a Norma Andrade con vida, yo quiero a Norma Andrade en su casa… donde sea que ELLA elija que sea su morada…

Para firmar la petición:
http://actuable.es/peticiones/proteccion-urgente-norma-andrade

domingo, 29 de enero de 2012

Para Brenda... pensando en ti.


“La autora piensa que el mundo fue creado
para escribirlo en los libros.
Por eso le pidió prestada una frase
a su personaja y la usó como epígrafe:
Las palabras hacen visibles
verdades evidentes.
Rosalba Goettingen”
Sara Sefchovich, en ‘Vivir la vida’.

Comienzo con los sentimientos encontrados, difícilmente identificables a simple vista; las palabras arremolinadas entre mis silencios, sin orden definido para expresarse una a una.

Cuando el pasado miércoles 25 de enero comencé a dirigir mis pasos y mis acciones para llegar a donde te encontrabas, recordé aquella plática que tuvimos en meses pasados, en la que, con tu mirada llena de curiosidad, me preguntaste: “¿me puedes dar una pista de qué se va a tratar tu próximo libro…?”. Fue por eso que decidí guardar entre mis cosas las libretas multicolores que contenían ese proyecto que, a medias, confieso, te había adelantado.

A miles de kilómetros del suelo, y mientras en el horizonte el día se despedía lentamente, cediendo el paso a la oscuridad en medio de naranjas violáceos, comencé a escribirte una carta en la libreta que contenía menos hojas vacías. La misiva quedó inconclusa, y no por falta de tiempo: me faltaron las palabras… ¿cómo decirte lo que ni yo misma soy capaz de comprender? ¿Cómo hablar de fuerza y de batallas, cuando yo misma he sido vencida por mis propias luchas?

Al llegar a mi destino, una triste noticia esperaba ser anunciada… Los kilómetros que aún debía recorrer para llegar a ti y al resto de mi familia, en compañía de mi madre, me acogieron con una silente negrura. La aguja subía y bajaba, indicando mayor o menor velocidad, y ese vaivén traía consigo el mismo recuerdo: “¿me puedes dar una pista de qué se va a tratar tu próximo libro, prima?”. Ya no pude poner en tus manos ese proyecto de libro, donde le daba voz a cada una de mis personajas –como diría Sara Sefchovich, como si fuera yo misma: la mujer que ansiosa espera la llegada de una señal que le indicara su misión en esta vida; la que sufre desvelos en perenne espera de un embarazo; la que padece un desamor y la que logra vencer la apatía de sus sentimientos… una mujer, cualquier mujer, con pensamientos y deseos tan comunes y precisos como los tuyos y los míos, como los de toda mujer…

Y ahora, tampoco podré dedicarte esas palabras: mis mujeres desaparecieron, violentamente, junto con mis identificaciones y objetos de menor valor aunque de engorroso trámite para su cancelación y recuperación. Sí, trataré de rescatarlas, una a una, dándoles nuevamente voz a través de mis letras. Pero ahora…

Con el dolor que a todos y todas nos ha provocado tu partida, viene aparejada una reflexión personal, que, sin embargo, ha sido una convicción personal: la vida se construye, segundo a segundo… y termina en un parpadeo. Y considero obligatorio aprovechar cada instante para vivir, amar, llorar, correr, soñar… y nunca detenerse.


Así como reescribiré las historias que acumulé en tintas moradas, negras y azules, tal vez comience a reescribir mi propia vida. Sí, reiniciar ahora, y cada vez que la vida misma lo demande. Y en esta nueva historia, quiero recuperar la espontaneidad con la que descubría el mundo en mi niñez, y la ligereza con que solía caminar… acompañada de una sonrisa, y de mis mejores recuerdos. En ellos estás tú, Brenda, y tu mirada llena de amor, alegría e inocencia. Gracias por tu cariño, y por ser, hoy más que nunca, una de mis mayores motivaciones para dar lo mejor de mí misma… Descansa en paz.

lunes, 23 de enero de 2012

¡Feliz cumpleaños!


“La vida es como un juego de ajedrez: siempre debes pensar en la consecuencia que tendrá cada movimiento que realices…”, éste, es uno de los grandes consejos que de él he recibido.

A mí no me corresponde hablar de su pasado, para mí glorioso, pues es un tesoro que a él le pertenece. Pero sí puedo hablar de lo que generosamente me ha enseñado.

Previsor, alegre, bondadoso, inteligente... Quien lo conoce se contagia de su amor por la vida, del entusiasmo con que emprende todo lo que hace. Me ha enseñado a luchar por ver mis sueños convertidos en una hermosa realidad; a respetar las diferencias, a aprender de las demás personas a través de sus aciertos y también de sus errores. Y también me instruyó, con cariño y mano firme, que en la vida como en el ajedrez, debo responsabilizarme de las consecuencias de mis actos. Y de la mano de la mujer que más amo y admiro, continúa dándome lecciones de vida: pelear, en cada aliento, con fe y valentía, por seguir viviendo…

Hoy es el cumpleaños de mi padre. Y así como en la fecha del natalicio de mi madre, yo también estoy de fiesta. La vida me regala un año más de alegrías y retos a su lado, un año más de experiencias compartidas, de palabras sabias y de abrazos…

Confieso que no es tarea fácil seguir tu ejemplo; sin embargo, espero que al cumplir yo tu edad, pueda decir: ‘¡Lo he logrado! He logrado vivir cada segundo con entereza y alegría, amar el presente y respetar el pasado, agradecer todo lo que la vida me ofrezca; ser generosa con la vida, con mis hermanos y hermanas y, sobre todo, conmigo misma.’

Y, quizá, también tenga la dicha de tener a mi lado a una persona de semejante grandeza como la que ha caminado a tu lado por más de cuarenta años…

Gracias. Gracias por seguir iluminando nuestra vida con tus sonrisas. Te quiero papi… 

sábado, 21 de enero de 2012

¿Y si nos miramos a los ojos?

En estos días en que Internet, para mí la herramienta más revolucionaria de los últimos tiempos, ha estado presente como tema de debate, análisis y muy diversos pronunciamientos, no pude menos que ceder a la tentación de imaginarme un mundo sin Internet… o con su uso severamente restringido.

Difícil ejercicio. Internet ha transformado nuestra vida, o al menos, la vida de quienes nos servimos de esta herramienta para nuestro desarrollo profesional y personal. Desde luego, el acceso libre es un tema pendiente en el tintero.

Sin embargo, mientras trataba de imaginar cómo sería el no poder informarme a través de distintos portales, mis ojos se detuvieron en otra realidad; es precisamente esta herramienta la que nos ha ido alejando, en forma casi imperceptible, de todo lo que antes nos era tan familiar: la convivencia directa, y de algo tan poco valorado como la mirada.

En no pocas ocasiones he visto personas que mientras conducen un vehículo o transitan por las calles, se mantienen atentas a sus teléfonos celulares; ni hablar de las escenas que arrojan restaurantes y cafés, donde las personas sentadas a una mesa mantienen los ojos atentos de un aviso o un mensaje de texto.

Aún cuando soy usuaria de redes sociales y comunicaciones electrónicas, soy fiel a la pluma y al papel. El sonido producido por la tinta que lenta o desesperadamente se desplaza sobre una hoja en blanco es una sensación adictiva a la que soy incapaz de renunciar. Y también resulta adictiva para mí la comunicación a través de una mirada…

Ella habla por sí sola, no obedece sino a lo que realmente somos, nos acerca sin decir una palabra. Nos desmiente cuando decimos una mentira disfrazada de verdad y nos delata cuando pretendemos ocultar un sentimiento. Habla de nuestro pasado, de nuestras incuestionables convicciones, y de gustos tan sencillos y mundanos como el café y el chocolate. Revela la tristeza que provoca evocar un nombre o situación, y la alegría causada por una nota musical; nos incluye o nos excluye, nos indica la aceptación o el rechazo. Nos desnuda frente a la otredad… siempre y cuando, mantengamos la atención en esa mirada.

Desde luego mi intención no es declarar una guerra, de entrada perdida, a artículos como los llamados teléfonos inteligentes. Sólo invito a reflexionar en ese suave tacto que se logra si nos miramos a los ojos…

Fotografía: Karina Armas Rodrigo

viernes, 20 de enero de 2012

Silencio

...Y entonces, abrió los ojos. Se respiró completa. Se entregó a ella misma con ese respiro único...

Sus manos le temblaban, la voz se le escapó escondida entre tantas emociones.

Y así, amada por ella misma, plena y sola, se incorporó. Y en lo alto de la montaña, con un naciente Sol por testigo, agradeció en silencio... amó en silencio... continuó viviendo en silencio. En un intenso y añorado silencio.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Yo quiero que respeten mi tiempo... ¿y tú?



Son las siete de la mañana. Sales de casa, con las prisas habituales de cualquier día laboral: el desayuno, el arreglo personal, una lista mental de pendientes que incrementa a cada paso que das.

Entras a tu vehículo con un nivel considerable de estrés, el cual aumenta al pensar en la posibilidad, no remota, de algún corte a la circulación vial en tu ruta habitual. Entonces, sintonizas la estación de radio de tu preferencia, esperando te informen de cualquier ‘eventualidad’. Con algo parecido a una sonrisa en el rostro, escuchas que en tal y cual avenida la circulación es constante. Sin embargo, no llevas ni quince minutos de camino, cuando un objeto no identificado por tu vista, obstaculiza el carril por donde circulas, bien puede ser el resto de una llanta o un bote de cemento que previene de un hoyo en el pavimento. Maniobras, y al hacerlo, caes en otro hoyo no señalizado… ahora sí, ha comenzado la mañana…

Continúas con tu camino, para encontrarte con la sorpresa de un bloqueo improvisado y, desde luego, no previsto por ninguna autoridad, justo en el instante en que un reportero vial anuncia, como noticia de última hora, el bloqueo que se encuentra a menos de cien metros de distancia de ti.

En aquel momento, te reprendes severamente por haber tomado la ruta de siempre y no haber elegido aquel camino que, aunque lleno de escuelas (y lo que esto implica: decenas de carros que ocupan hasta dos carriles) seguramente te hubiera garantizado seguir circulando. Con creciente desesperación volteas a ver el reloj: veinte minutos y sigues ahí, sin poder avanzar ni medio metro… y sin que visualices por ningún lugar un agente de tránsito que permita salir con éxito de aquel embrollo.

Cuando, con la ayuda de jóvenes ‘limpiaparabrisas’ que en un acto de heroísmo y auténtico civismo auxilian a quienes están al borde de la desesperación (tú incluida o incluido, por supuesto), finalmente sorteas la decena o veintena de personas que estaban impidiendo el tránsito de vehículos, tienes, al menos, treinta minutos de retraso. Si la economía personal te lo permite, harás lo posible por iniciar la jornada laboral desde tu teléfono celular, con el correspondiente riesgo que implica redactar y/o leer correos electrónicos o mensajes de texto al conducir, ni hablar de las infracciones al Reglamento de Tránsito que tal acto conlleva.
 
Al ingresar a una red vial primaria (al menos así lo consideras tú y seguramente medio millón de personas más, por el ancho o importancia de dicha red vial), abandonas la idea de continuar contestando mensajes, pues la circulación, que ahora sí es constante, demanda de ti mayor atención. En ese momento, con sorpresa y resignación auténticamente maridadas, observas el paso de un camión y otro… y uno más, de dimensiones, nombres, funciones y clasificaciones por ti desconocidos, pero bien definidos en distintos ordenamientos viales: de carga en general; grúas de transporte o salvamento; de valores y mensajería; de carga de sustancias tóxicas y peligrosas; de materiales de construcción y similares (estos últimos, generalmente, son los de mayores proporciones).

Claro, no pueden faltar los autobuses de todo tipo, vagonetas tipo combi, microbuses y taxis.

Cuando finalmente llegas a tu destino, lo haces muy probablemente con una multa de tránsito por exceso de velocidad, de la que ni te enteras hasta que intentas realizar el trámite de verificación vehicular… y con un retraso que puede tener más de una consecuencia laboral.

Esto, lamentablemente, es el día a día de hombres y mujeres que diariamente nos enfrentamos a una sobre regulación en materia de vialidad y tránsito que poco o nada ayuda a que miles de personas puedan circular con tranquilidad por una de las ciudades más pobladas del mundo, y que rara vez evitan una serie de ‘eventos’ fácilmente previsibles.

En el Distrito Federal, dos son los ordenamientos principales en materia de vialidad y tránsito: la Ley de Transporte y Vialidad del Distrito Federal y el Reglamento de Tránsito. Dentro de la ley, se establece como una de las facultades de la Secretaría de Transportes y Vialidad elaborar un Programa Integral de Transporte y Vialidad (por redundante que esto se lea). Este programa, publicado en la Gaceta Oficial del Distrito Federal el 22 de marzo de 2010, contiene, a su vez, 52 subprogramas.

Uno de ellos, señalado con el número 24, es el de ‘Regulación del Transporte de carga’, y tiene como objetivo reducir el congestionamiento en vías primarias así como la reducción de emisiones contaminantes; agilizar y mejorar la circulación del transporte de personas, productos y mercancías en las vialidades principales de la ciudad. La meta: reducción de emisiones de contaminantes; y mantener en óptimas condiciones los niveles de servicio en la red vial.[1]

Lamento informarle a las autoridades involucradas en el desarrollo y cumplimiento de este subprograma (Secretaría de Transportes y Vialidad y de Seguridad Pública), que ni objetivo ni metas están siquiera cercanas a su cumplimiento. O quizá esté equivocada mi percepción visual y auditiva, cuando veo y escucho, a cualquier hora del día, el tránsito de todo tipo de vehículos de carga (insisto, de considerables dimensiones) por avenidas tales como: Periférico –norte o sur, Paseo de la Reforma, Eje Central, Circuito Interior, Ejército Nacional, Mariano Escobedo, Arquímedes… y casi cualquier ‘red vial primaria’.

En un esfuerzo por lograr la objetividad, esta situación es entendible si observamos el importante número de obras, públicas y privadas, que se realizan al unísono en todos los puntos de la ciudad. Se puede argumentar que se trata de trabajos necesarios para reactivar la economía, y también se puede admitir una incuestionable falta de planeación.

Sólo por hacer un ejercicio mental, benéfico en muchos sentidos, invito a la siguiente reflexión: ¿qué sucedería si se señalaran –y, desde luego, respetaran, horarios para el tránsito de vehículos de carga? Sí, de esos que una es incapaz de imaginarse qué es lo que transportan, por lo complicado de su anatomía y lo voluminoso de sus dimensiones…

Y, siguiendo con el ejercicio, me pregunto: ¿y si todos y todas respetáramos Ley y Reglamento arriba citados, qué sucedería? Quizá, para empezar, sería necesario reconocer el desconocimiento de los mismos, y tomarnos unos minutos para analizar su contenido… con calma: la Ley contiene 166 artículos, y el Reglamento 108.

Esto, sin embargo, es de incuestionable relevancia: sólo con el conocimiento de nuestros derechos y obligaciones como conductores y peatones (tal y como está establecido en los ordenamientos legales a los que hago referencia, los que desde luego no utilizan un lenguaje incluyente), podremos exigir el respeto de nuestros derechos y asumir cívicamente la consecuencia de nuestras faltas.

No obstante, es importante observar que dentro de las funciones de la Secretaría de Transportes y Vialidad del Distrito Federal (contenidas en el artículo 7 de la Ley de Transportes y Vialidad del Distrito Federal), está la de ‘instrumentar en coordinación con otras dependencias, programas y campañas permanentes de educación vial y cortesía urbana, encaminados a mejorar las condiciones bajo las cuales se presta el servicio de transporte en el Distrito Federal, así como la prevención de accidentes, a través de la formación de una conciencia social de los problemas viales y una cultura urbana en la población…’.

Aún cuando siempre he tenido la convicción de que el desconocimiento de la ley no nos exime de su cumplimiento, sí creo que resulta innegable que las autoridades correspondientes han sido un tanto omisas en informar de manera permanente a la ciudadanía, sobre cuestiones de mínima obligación y cumplimiento; y en realizar campañas de educación vial y cultura urbana. Porque no es ningún secreto que el nivel de lectura de la población es mucho menor al deseado… entonces, si en términos generales el promedio de lectura en el país es de un libro al año, ¿qué se puede esperar del conocimiento de leyes y reglamentos?

Sí, tanto la ciudadanía como las autoridades hemos faltado a nuestros compromisos y obligaciones. Pero ello de ninguna manera es justificación para que diariamente, y en un recriminable silencio, las ciudadanas y ciudadanos soportemos una falta de respeto a nuestro derecho no sólo a circular y transitar con seguridad por las calles de la ciudad donde vivimos, sino también nuestro derecho (y obligación) de cumplir con nuestros compromisos laborales… transgreden, manipulan y violentan la posesión más preciada y no renovable que tenemos: nuestro tiempo… ¿nos quedaremos con los brazos cruzados? Yo no. Y espero que tú tampoco. Infórmate, exige… es nuestro derecho.


[1] Programa Integral de Transporte y Vialidad del Distrito Federal, publicado en la Gaceta Oficial del Distrito Federal el 22 de marzo de 2010. Página 78.