miércoles, 11 de junio de 2014

Los errores también cuentan (1)






“Escribir es realizar un desnudo público sin gozar de la intimidad que regala la privacidad. Se expone el sentimiento –a veces- en su forma más bruta, dejando que sean el pensamiento y juicio ajenos los que le den forma. Ahí quedan: los deseos ocultos expuestos; los sueños perdidos descubiertos; pasados olvidados como actores principales de una novela que termina apenas comienza…” Dignidad para Llevar, segunda parte (Los errores también cuentan).






Exponer frente a un rostro anónimo los más profundos sentimientos y las más tristes decepciones se me antojaba, hace algunos años, un ejercicio temerario, similar a intentar salir a la calle sin más prenda que mi propio cuerpo.

Y sin embargo, lo hice; y al hacerlo, me acogieron brazos igualmente anónimos pero singularmente cariñosos, y los rostros otrora desconocidos comenzaron a adquirir identidad… ¡En cuántos de ellos he reconocido mis propias historias!

Y este descubrimiento me ha confirmado que tan importante es atesorar nuestros logros, como abrazar y aceptar con respeto y sin ligerezas nuestros errores. Sin ignorarlos, y sin juzgarnos…

martes, 8 de abril de 2014

Información, desinformación y mala información sobre la Trata de Personas

Las noticias que se generan cada día sobre Trata de Personas llenan cada vez más espacios, y en la misma medida, aumenta el número de personas ‘expertas’ que escriben, opinan, disertan y dictaminan. La cantidad aumenta, pero en dirección inversamente proporcional a la calidad, la veracidad y el respeto.

¿Por qué es tan importante el papel de los medios de comunicación al abordar el fenómeno de Trata de Personas? La respuesta es muy sencilla: nos encontramos frente a un fenómeno donde lo que subyace es una reiterada violación de los Derechos Humanos de quienes son víctimas de este delito, más allá de las ganancias económicas que genera a los delincuentes.  

En el mejor de los casos, de las noticias a las que la sociedad tenemos acceso a través de notas periodísticas y reportajes, obtenemos mala información: sin que la persona responsable de elaborar la nota o reportaje investigue y se documente lo suficiente se utiliza, de manera indiscriminada, los términos de tratante, padrote y proxeneta como sinónimos; misma suerte corre la expresión de prostitución infantil cuando lo que en realidad existe es una explotación sexual infantil. Más aún: se igualan las expresiones trata y explotación, y en muchos casos, incluso se llega a utilizar como sinónimo las acepciones trata y prostitución

Pero también somos presa fácil de la desinformación. Por lo que se refiere a las cifras, aún cuando la realidad es que en nuestro país no existe un solo diagnóstico actualizado que proporcione claridad respecto al número real de víctimas de los distintos fines de trata de personas, se hace alusión a reportes que tienen una antigüedad de cinco años o más, sin la respectiva aclaración de la fecha de elaboración y en algunos casos, ni siquiera se cita la fuente. Así, por ejemplo, hoy nos levantamos con la noticia de que tal entidad federativa es la que, a nivel nacional, ostenta el tercer lugar en índice de trata de personas, y vemos cómo se replica esa noticia en todas las formas posibles: radio, televisión, periódico, redes sociales; al tiempo que las personas ‘expertas’ en el tema hacen declaraciones muy puntuales sobre lo que sucede en esa entidad… sin que nadie aclare de dónde y a través de qué ente oficial se obtuvo la información que permitió llegar a la conclusión de ese posicionamiento en la lista nacional, y tampoco se especifica si el ocupar ese tercer lugar implica la materialización de todas las finalidades de la trata de personas o sólo unas cuantas…

Estamos llegando a un punto en el que podría resumirse que, a ojos de esas personas ‘expertas’ y según lo que obtenemos de los medios de información, todo es trata; cuando la realidad es que muy poca de la información que llega a nuestras manos, ojos y oídos, aborda seria y profesionalmente el tema. Y, por si todo esto fuera insuficiente, la mayoría de los medios informativos hace uso de imágenes que invitan no a la reflexión sobre la reiterada violación de Derechos Humanos que padece una víctima de trata de personas, al contrario: incitan a la objetivización del cuerpo femenino, al reforzamiento de estereotipos… imágenes que revictimizan a las mujeres que, habiendo sido aparentemente rescatadas en un operativo (suponiendo que todas las mujeres ahí presentes estuvieran trabajando en un table dance contra su voluntad), son montadas a camionetas pick up como se acostumbra montar objetos y animales en los ranchos, sin que se respete ni proteja su identidad y dignidad. 

El fenómeno de trata de personas es complejo y diverso; las modalidades de la trata de personas no se limita exclusivamente a la explotación sexual, que hoy por hoy tenemos tan visibilizada en los medios de comunicación; y son muchos los factores que interactúan en la comisión de este delito: debemos de estudiar y hablar no sólo sobre condiciones de vulnerabilidad, o cuestiones de leyes y aplicación de las mismas.

Lo aceptemos o no, la trata de personas nos afecta a toda la sociedad, aún cuando hoy no veamos las consecuencias reflejadas en nuestra vida diaria; lo que nos debiera empujar no sólo a preocuparnos, sino ocuparnos; y la mejor manera de empezar a ocuparnos, es informarnos. Pero esta decisión conlleva una serie de acciones que pareciera se tratan de evadir a toda costa, pues no basta con ser meros receptáculos de información: lo que leemos y escuchamos se debe procesar, desmenuzar, cuestionar, analizar, y entonces actuar y opinar en consecuencia.

De otra forma, que no nos sorprenda que nuestros gobernantes sigan llenando espacios informativos donde lo que se ‘informa’ es que reiteran su disposición o que se comprometen a combatir la trata de personas… como si no tuvieran la obligación constitucional de hacerlo, contraída desde el primer minuto en que asumieron el mando. ‘Información’ que, alegre y dócilmente, aceptamos y recibimos en forma de decenas de titulares en torno a tan singular ‘noticia’.


Tenemos la obligación ciudadana de exigir una información a la altura de la ciudadanía que decimos ser… tenemos la obligación ciudadana de esforzarnos más por nuestra sociedad.

lunes, 24 de febrero de 2014

Diane de Poitiers: una mujer, muchas historias



Fotografía: WebSite - Wikipedia
Hace unas semanas tuve entre mis manos una revista de ‘belleza y moda’ para mujeres, en donde me encontré con un artículo (que me atrevo a calificar como de opinión) que se refería a Diane de Poitiers, duquesa de Valentinois y de Étampes, como “la cortesana más poderosa”.

No omito mencionar que la autora, lejos de situarse en el contexto de la época, lo que la hubiera forzado al menos a explicar cómo y por qué era que las mujeres se convertían en cortesanas de los reyes, colmó a Diane de Poitiers de adjetivos descalificativos de –casi, todo tipo. Ignoró mencionar, sin embargo, que a los 15 años fue casada con un hombre 39 años mayor que ella, y que a la muerte de éste, no sólo adoptó el negro de luto como el principal color de su vestimenta, sino que, siendo ella la administradora de los bienes familiares, hizo crecer su fortuna de manera considerable. ¿Esta cualidad no habla acaso de una mujer inteligente, hábil para los negocios y/o las matemáticas?

Me sorprendió, al terminar de leer el artículo en cuestión, la ligereza con que se aborda la vida y obra de una mujer que, si bien marcó la existencia de más de una decena de personas hace cinco siglos, tampoco es tan diferente, en esencia, de la vida de muchas otras mujeres de todos los tiempos. O dicho de otra manera: a pesar de haber vivido y muerto hace cinco siglos, su prestigio no corre mejor suerte que la que correría la reputación de cualquiera de nosotras, mujeres del siglo XXI, nos asomemos o no a la esfera pública (esa llena de cámaras fotográficas en el interior de las habitaciones).

Pasando por alto la relevancia de un trabajo o función de miles de mujeres en el mundo (jefas de estado, educadoras, ministras, estrellas de cine, consejeras, embajadoras y un largo, nutrido e interesante etcétera), ignorando casi por completo el esfuerzo requerido por todas ellas para concretar sus logros, nuestros ojos están puestos donde a los medios les interesa que estén puestos: en su talla, el largo de la falda o lo entallado de la blusa; en las ojeras que se asoman a media madrugada… en la persona que estuvo junto a ella una tarde de domingo, la panza que denota un embarazo incipiente o una urgente cita en el gimnasio…

Esas mujeres (todas, nosotras incluidas), no tienen libertad para que la naturaleza se manifieste en sus cuerpos: siendo niñas, se les apura para que representen una edad mayor, y los casos de hipersexualización abundan en todas las lenguas; llegando a ‘cierta edad’ se impone no sólo ocultar las canas, sino cualquier arruga que se manifieste por cualquier rincón de su cuerpo, no vaya a ser que los cuarenta años (o cincuenta y seis, ni hablar de los setenta y dos años) queden revelados, y con ello, su experiencia…

Pero la limitación de la libertad va más allá: la conducta sexual, ese aspecto tan personal, íntimo y privado, no sólo se exhibe al escrutinio, riguroso y moralista de muchas personas expertas en las vidas ajenas, sino que, por si no fuera bastante, se muestra de tal manera que el género femenino debe mostrar, al menos, vergüenza por semejante conducta… y de la vergüenza al encono generado media, casi por regla, una frase. En este caso: “era la cortesana…”

Desde luego, si quisiera encontrar una biografía profesional y seria que arrojara luces sobre la vida de Diane de Poitiers y no un artículo tendencioso, mi búsqueda tendría qué abocarse a librerías y bibliotecas, no a un puesto de revistas. No obstante, estas publicaciones son las que están dictando los patrones de lo que las mujeres “debemos ser”, pues no sólo aleccionan sobre qué comer y en qué horarios, qué zapatos usar en invierno y cuáles botar en primavera, sino que también, con la divulgación de éste y otro tipo de artículos, nos dicen lo que la sociedad espera de nosotras y lo que, desde luego, no está dispuesta a aceptar.

Y a nuestra sociedad parece que le cuesta trabajo exigir información imparcial. Por más que pienso, creo que un artículo que hablara sobre las dotes sexuales de Napoleón Bonaparte, ignorando por completo sus dotes militares, difícilmente hubiera visto la luz en esa o cualquier otra publicación. ¿Por qué no pedimos el mismo trato para las mujeres?


miércoles, 15 de enero de 2014

Violencia de género


“Un novio de verdad: te llama para nada, te envía mensajes todo el tiempo, quiere verte, llora, se pone celoso, es sobreprotector y te ama”… Este mensaje, que resalta en una imagen de un joven besando a una jovencita, visible en una página de una red social, tiene casi dos mil ‘likes’, y ha sido compartida más de 600 veces; mismo número de personas que consideran normal no sólo los celos de la pareja, sino también el control y la manipulación, elementos, todos, de la violencia de género.

La violencia contra las mujeres nace de la discriminación y la desigualdad, de la aceptación de roles de género y las creencias vinculadas a ellos… por supuesto, de un sistema patriarcal enraizado en nuestra historia. Pero, ¿qué significa?

Significa que normalizamos conductas de los varones, tales como: llamadas continuas o el deseo manifiesto y constante de querer dónde y con quién está su pareja; prohibición (simulada o abierta) de usar vestimenta no autorizada; menospreciar opiniones, gustos o intereses; controlar las amistades, lugares o viajes recreativos… todo, con el argumento de que ellos saben lo que es bueno para nosotras, en el nombre del amor. Cuando, la realidad, es que el amor es libre, sin ataduras, sin escenas de celos constantes, sin mensajes velados que disminuyen la autoestima de quien los recibe; el control no es amor, la manipulación tampoco es amor. Se llama violencia.

De acuerdo a ONU Mujeres, a nivel global, un 35% de mujeres ha sufrido violencia física y/o sexual en el contexto de relaciones de pareja o violencia sexual fuera de relaciones de pareja; y particularmente en países como el nuestro, las mujeres de zonas urbanas tienen el doble de probabilidad que los hombres de sufrir algún tipo de violencia. Datos que al analizarse a la luz de nuestra realidad nacional, se traducen en que 7 de cada 10 mujeres son víctimas de algún tipo de violencia en México: de diez mujeres con las que diariamente interactúas, 7 de ellas sufren algún tipo de violencia…

A finales del año pasado, ONU Mujeres y México (a través de la Secretaría de Relaciones Exteriores, el Instituto Nacional para las Mujeres y el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Historia), firmaron un Memorándum de Entendimiento en materia de estadísticas e indicadores de género, con el que se pretende profundizar la colaboración para fortalecer la incorporación de la perspectiva de género en el análisis y difusión de información estadística; y que deberá traducirse en políticas públicas eficaces.

Desde luego las estadísticas y su buen uso son cruciales no sólo para la formulación e implementación de políticas públicas efectivas y eficaces; sin embargo, es igualmente importante trabajar en la formación de una cultura distinta, en desenraizar roles de género, en desaprender lo aprendido en un sistema patriarcal; en enseñar a niños y niñas que tienen los mismos derechos, que nadie debe someter a nadie, que nadie debe controlar los pensamientos y acciones de nadie… Que hombres y mujeres podemos construir, codo a codo, una sociedad donde la libertad y el amor sean conceptos hermanos, y no abstractos.