lunes, 14 de septiembre de 2015

Un lunes sin mes de cualquier año. Tercera Parte.

Recuerdo los días de sonrisa fácil, simplona; ayeres no muy lejanos en la línea del tiempo pero sí en mi memoria… Y no es que hoy no sea feliz, o que no tenga motivos para serlo, sobre todo cuando un par de manos me han amarrado para siempre a su corazón. Es, sencillamente, que hoy la felicidad no se me desborda sin razón alguna, ni me arrebata suspiros a medio anochecer…  

Quizá cuestiono demasiado, tal vez sea menos tolerante al olvido, a la imposición y al sexismo. O bien puede ser que las noches de insomnio estén comenzando a cobrar una  factura muy alta.
Como sea, me declaro incapaz de voltear la mirada y hacer como que no pasa nada cuando escucho a una mujer que juzga a otra, midiendo sus capacidades en función del largo de su falda; o cuando veo que, al reverso de toallas sanitarias, se manda un mensaje preciso a un número indeterminado de mujeres: “nuestro espacio es realmente nuestro cuando lo decoramos”… Y entonces me pregunto si de acuerdo a esta premisa, debemos decorar el espacio público para considerarlo realmente nuestro

Y con la misma postura (intolerante, dice una mujer que me quiere y a quien quiero, pues, según me recuerda hoy sí y mañana también, “el mundo no va a dejar de funcionar así nomás porque a ti no te gusta”), rechazo esa oleada de mensajes que reconocen la heterosexualidad como la única forma posible de amor, y que con la misma arbitrariedad niegan la existencia de la amistad cariñosa y festiva entre hombres, como si fuese un asunto exclusivo de mujeres (heterosexuales, por supuesto).

Y la lista de sucesos irrelevantes de consecuencias reveladoras puede seguir, molestando mi vena feminista allá por donde vaya; y como Caitlin Moran, creo que al hablar de feminismo lo debemos hacer hablando de todos los temas, alcanzando todas las edades, gustos, profesiones, diversiones… Pero hacerlo nosotras, entre, por y para nosotras… concluido el proceso, incorporemos (o al menos invitemos) a los varones. Que no sean ellos quienes nos indiquen el qué, cómo y cuándo de nuestras agendas, de nuestras necesidades… Porque por algo son nuestras, no de ellos.

Y entonces, me siento al pie de mi ventana, a esperar que aparezca un nuevo cuarto creciente… 


Publicado por primera vez en Mujeres Construyendo el 23 de febrero de 2015.

Un lunes sin mes de cualquier año. Segunda parte.

Y entonces la vida sucede: te arranca lágrimas por razones que duelen sin previo aviso, te nubla la vista y el corazón un suceso que jamás consideraste posible que ocurriera… la respiración se atora entre un “lo siento” y el posible “jamás volveré a escuchar su voz”…

Saber que ella y él llevan, como tú, dolores y abandonos a cuestas no hace más fácil el camino; te anima –quizá, a seguir caminando, a seguir desviando la mirada de aquello que tanto duele para poner, en su lugar, una sonrisa fingida o al menos un gesto auténticamente indescifrable. Porque el dolor no se mide, porque de la soledad que el dolor causa no se escapa… Al menos no a voluntad sin sacar de ahí una que otra experiencia.


Y entonces, llega la calma. Así, inesperada, quieta y callada; te abraza, y en un acogedor silencio, te dice que todo pasa, que ningún dolor permanece y que tampoco ninguna alegría arrasa…

Y después, el silencio…


Publicado por primera vez en Mujeres Construyendo el 09 de febrero de 2015.

sábado, 20 de junio de 2015

Feliz Día del Padre

Al inicio de mis estudios profesionales decidí ocupar mi tiempo libre en un deporte que, si bien ya había practicado con anterioridad, no lo había hecho en forma metódica. Supongo que eso te debió haber dado mucho gusto a ti, que tan gustosamente aceptabas cualquier situación o circunstancia rigurosa, metódica, sistemática…

En aquella época, comenzaba a escribir versos al pie de las páginas de libretas llenas de palabras como jurisprudencias, contratos y cosa juzgada; y a la par que las inquietudes se desbordaban en mis manos, una feliz soledad invadía mis espacios: no me recuerdo rodeada de muchas amistades, como tampoco me recuerdo genuinamente entusiasmada por todo lo que hacía, excepto aquellas clases de Tae Kwan Do que me permitieron ver los atardeceres más hermosos que me ha regalado la Sultana del Norte. Y no guardo en mis memorias, antes o después de aquella ocasión, haber competido por algo. Al menos no yo sola…

No sé cuál de estas razones, o alguna otra que desconozco, fue la que motivó que aquel día abordaras un avión para estar a mi lado un par de horas.

Quizá era un jueves (o miércoles) de una semana cualquiera del mes de mayo. Me habían dicho que la persona que competiría conmigo en la misma categoría no sólo tenía experiencia previa en ese deporte, sino también en Judo. Y, ante tanta información, lo que más me preocupó no fue ganar, sino salir bien librada del encuentro...

Con el uniforme puesto, blanquísimo y sin más arrugas que las necesarias, empecé a realizar los ejercicios de calentamiento, y mientras mentalmente me preparaba para una experiencia que nunca antes había vivido, repasaba uno a uno los consejos que amablemente me había compartido una compañera con más experiencia que yo cuando, de pronto, mi respiración se contuvo. Por unos instantes, mi cerebro no lograba procesar la información que mis ojos le enviaban, primero asombrados, y rápidamente inundados de un emotivo llanto: frente a mí, a tan solo unos pasos, estabas tú, tú y tu gran sonrisa, tú y tu reconfortante abrazo. Tú, mi padre, habías salido de sabrá Dios dónde, y ahora caminabas con alegre soltura entre mis compañeros y compañeras que, con la interrogante dibujada en sus rostros, vieron cómo, muda por el llanto, corrí y salté a tus brazos.

¿Cómo explicarles que crecí rodeada de tu amor, pero añorando tu presencia cada segundo que nos separaba la distancia? ¿Cómo decirles las muchas veces que, abrazada de tu ropa, cerraba los ojos para imaginar que estabas frente a mí, cobijándome en tu regazo? ¿Cómo contarles, en breves instantes, que no sólo eras mi padre, sino que eras mi mentor, mi alegría, mi mejor amigo, mi cómplice y mi ejemplo?

Hoy, más de una década después, puedo decir que pocas veces he sentido una alegría similar como la que me invadió aquel día, cuando tu mirada y la mía se cruzaron en ese gimnasio…Gracias por ese día tan lleno de sorpresa y felicidad... 



Hoy se celebra el día del Padre. Y hoy, como ayer, y como cada día desde tu partida, cierro los ojos para ver tu sonrisa, para abrazarme a tu recuerdo y decirte lo mucho que te amo… Felicidades papi…

martes, 17 de marzo de 2015

Dicen que el tiempo vuelve...

“Mira, hacia allá, un día, tú y yo caminaremos...”; pareces decir en esa imagen, grabada en mi memoria, decorada por el destello de las primeras semanas de una nueva experiencia para mí, para ti, para todos…

La misma imagen la tomo entre mis manos, y entonces te pido que no te rindas, que mantengas tu lucha, que tomes de mí la fuerza que para ello haga falta… Que necesito compartir contigo más sonrisas, y remendar con tu sabiduría mis sueños… Que tu mano ha dibujado auroras, desviado tormentas y sostenido fragilidades ajenas, pero que aún falta que sostengan un par de manitas que, lo sé y lo sabes bien, atan nuestros corazones a su vida…

Que aún me falta aprender tanto de ti… y no es que no lo haya hecho antes por necia o testaruda, sino porque mi ser entero me dice que aún no ha terminado el viaje, nuestro viaje… Que mi concepción occidental de la vida y de la muerte, a pesar mío, sigue marcando el curso de mi historia, y entonces sufro, me desanimo y me entristezco, y termino escondiendo el rostro en cualquier gesto, en un silencio, en una aurora… Sí, tú me enseñaste la belleza de la aurora, igual que me has enseñado la grandeza de la sencillez y la indescriptible belleza del silencio; me enseñaste a aceptar las diferencias, no como un signo de bondad propia, tanto como una señal de entendimiento humano… Pero te falta tanto por enseñar al pequeño corazón que ahora mismo late en mi regazo…

Y entonces, con el llanto suspendido entre una tristeza atropellada por todo aquello que es urgente y demandante, me recuerdo la existencia de una presencia superior a mi humano entendimiento, y en la suavidad de ese consuelo descanso… No me queda más que esperar, juntando nuestras manos, que la vida siga manifestándose en cada rincón y en cada pensamiento…