lunes, 18 de abril de 2011

¿Gusta cooperar para la Cruz Roja Mexicana?

En el año de 1909, se definió la primera mesa directiva provisional de la Cruz Roja Mexicana; y meses después, en el mismo año, se constituyó lo que sería la primera brigada de auxilio para prestar ayuda a víctimas y damnificados y daminificadas de la ciudad de Monterrey. El reconocimiento oficial de esta institución se obtiene el 21 de febrero de 1910, mediante decreto publicado el 12 de marzo del mismo año. Hace más de cien años, la noble labor de la Cruz Roja Mexicana se ha hecho presente en muchos desastres naturales no sólo de nuestro país, sino del mundo entero.

La misión y plausible trabajo realizado, desde luego, de ninguna manera la pondría a discusión. Sin embargo, yo quiero poner sobre la mesa la dinámica que afecta, positiva o negativamente, depende del ángulo desde el cual se analice, a quienes actualmente se desempeñan como trabajadores y trabajadoras al servicio del Estado.

Es bien sabido que con el objetivo de apoyar a la Cruz Roja, se recaudan, año con año, recursos económicos que le permitirán continuar con su trabajo. Una de las formas de captación de fondos, es a través de los órganos desconcentrados y organismos descentralizados que conforman la administración pública federal. La aportación es voluntaria... aunque en realidad no lo es tanto. Básicamente, funciona así: el titular de una dependencia (puede o no ser en un evento público) se compromete a rebasar la cantidad aportada el año inmediato anterior, y ésa es la meta a cumplir. De esta información es enterada el resto del personal, quienes realizarán su depósito en la cuenta bancaria correspondiente. La cantidad mínima del depósito atiende al grupo, grado y nivel de cada persona. Desde luego, hay quien no realiza el depósito de la cantidad sugerida, sino una menor; incluso hay quien no hace el depósito: a nadie se le obliga. No obstante, la dependencia en cuestión corre el riesgo, por tanto, de no cumplir la meta impuesta.

Quiero hacer hincapié en esto: una persona, obviando su posición dentro de la organización y por ende sus capacidades económicas, se compromete, a nombre de al menos un centenar de personas más, a rebasar un monto económico determinado. Pero ese compromiso no es con base en SUS capacidades y/o limitaciones económicas, sino con base en las capacidades y/o limitaciones económicas de ese –al menos- centenar de personas.

Esta situación me hace reflexionar que así es como en forma, desde mi punto de vista, irresponsable, andamos por la vida: comprometiéndonos a cumplir metas pero no con base a nuestro esfuerzo individual, sino con base en el esfuerzo de otras personas, sin previa consulta ni mucho menos consenso.

El altruismo dignifica. Pero a nadie podemos ni debemos obligar a la filantropía. La Cruz Roja tiene una misión importante en nuestras vidas; sin embargo, considero que para apoyar el honorable trabajo que realiza esta institución, sería bueno poner a trabajar nuestra creatividad: buscar la forma en que todas y todos colaboremos, sin que ello redunde en una imposición que bien puede conllevar a incumplir una meta.

Al menos, no imagino a la Sra. Luz González Cosío de López, a quien se considera fundadora de Cruz Roja Mexicana, imponiendo el cumplimiento de su sueño. La imagino, sí, invitando a formar parte del mismo... Quizá sea muy cierto aquello de que ‘en el pedir, está el dar’...

domingo, 10 de abril de 2011

Actitudes temerarias, acciones intrépidas... autoridades ausentes

Que somos demasiadas las personas que transitamos diariamente por las calles y avenidas de una de las ciudades más pobladas del mundo, es un hecho incuestionable. Que pareciera que la única regla de tránsito vigente es ‘andar con prisas’, también resulta irrefutable. Y que, ya sea detrás de un volante, a pie, en motocicleta o bicicleta, todas y todos tenemos actitudes temerarias que rayan en el desafío a la vida, también es tristemente innegable.

Porque, a final de cuentas, lo de menos es que con nuestra actitud temeraria al dejar de respetar una luz roja, para conductores o peatones, hagamos acopio de un falso envalentonamiento que poco o nada nos deja de gratificante en nuestro ser: al decidir ignorar una señal, estamos transgrediendo el derecho de libre tránsito de otras personas. Nos quejamos diariamente de la actitud de las autoridades... pregunto: ¿acaso nos hemos cuestionado, con esa misma poca tolerancia al fallo, nuestras propias acciones?

Esas acciones, que bien conocemos, carecen ya no sólo de respeto, sino de la más mínima reflexión. Debiéramos tener presente que toda acción conlleva una consecuencia, y resulta lógico que si nuestras acciones son insensatas, tendremos consecuencias igualmente insensatas; resulta inconcebible pretender trasladar la responsabilidad por cuidar de nuestra vida en las manos de cientos de personas que no conocemos.

Hay avenidas donde los cruces peatonales parecieran ser parte de una decoración bizarra: nadie los distingue, mucho menos los respetan. Otras avenidas ostentan puentes peatonales, unos visiblemente deteriorados, otros modernamente decorados; en uno y en otro caso, es más común ver a los perros utilizarlos, que a las personas para quienes han sido destinados en primera instancia. También hay cruceros donde se pueden apreciar semáforos de todo tipo, antiguos o modernos; semáforos malgastados, que no son respetados ni por transeúntes ni automovilistas.

Y los ejemplos son interminables. Basta con sentarse en cualquier acera de esta ciudad y detenerse a observar, para tener conciencia clara de todas las situaciones a las que hago alusión. La variable constante, en prácticamente todos los escenarios, es la ausencia, clara o virtual, de las autoridades responsables. Si, en el mejor de los casos, está presente un policía o una policía de tránsito (sobre todo en horas ‘pico’) seguramente su actividad primordial será organizar el paso de los vehículos. Desde luego, como en todo, hay honrosas -aunque contadas- excepciones.

No, nos merecemos algo mucho mejor que esto. Ser poseedores y poseedoras de una educación vial digna es, sin duda, sea tarea larga, pero no imposible. Las pequeñas acciones hacen la diferencia: la próxima vez que quieras justificarte diciendo que llevas prisa, que vas tarde, que el colegio, la junta... te invito a que te detengas a pensar un segundo: ¿tengo yo más derecho que cualquiera de las otras personas a mi alrededor, de transitar de manera libre y segura? La respuesta, seguramente, se reflejará en tu acción inmediata.

domingo, 3 de abril de 2011

El objetivo a vencer no son los hombres...

Aquella tarde, las hojas que caían de los árboles paseaban inquietas por los rincones del asfalto, recorrían centímetro a centímetro la ignorada existencia de las soledades que se dibujan en un trozo de cemento.

Una mujer, detrás de un árbol, agazapada entre las sombras de un sol escurridizo, me llamó con su suave mirada. Ahí, detenida por el tiempo, comenzó lentamente a contarme una historia.

No se sorprenda por mi semblante, hace mucho que no duermo bien: una guerra me quitó el sueño; me dijo con la voz pausada. Las palabras comenzaron a viajar, inquietas, entre el sonido provocado por los carros, el murmullo incesante de transeúntes...

“Hace muchos años, cuando mis pasos recorrían a toda velocidad calles y avenidas, creía que mi objetivo a vencer eran los hombres. Sí, andaba por ahí, un día sí y otro también, analizando sus errores, haciendo obvias sus fallas; desde un pedestal que yo misma me monté, juzgué sin reparo alguno cada una de sus acciones y hasta el más callado de sus pensamientos. En cada acto que yo consideraba equivocado, me detenía sin disimulo, desmenuzaba el verbo, sujeto y predicado del acto en cuestión, y a partir de ahí, promovía lo que yo estimaba era lo correcto. Sí, hoy ninguna pena siento al decirlo: me sentí dueña de la verdad absoluta.

Quizá no en todo erré. Seguramente sí tuve aciertos, muchos tal vez. Sin embargo, si hoy, con la experiencia adquirida, anduviera atrás en los años, haría las cosas de manera diferente. Diría a los cuatro vientos que el género masculino no es un objetivo a vencer, es, sencillamente, la otra mitad de la población. Abofetearía mis extremos, demandando no sólo acción, sino corresponsabilidad en la acción. Firmaría cartas donde se solicitara la participación de hombres y mujeres en un concenso para formar una sociedad responsable, donde cada quien, desde sus diferencias, aportara ideas, no juicios de valor; propuestas reales y respetuosas, no denostaciones... Dejaría de responder a las provocaciones con insultos, y a los insultos con amenazas.Hoy, con mis años a cuestas, he entendido que el objetivo a vencer no son los hombres, sino las injusticias que todas y todos hemos generado, alimentado, solapado...

Sin duda, hay acciones que de ninguna manera deben tolerarse, y es menester exhibirlas, cuestionarlas y eventualmente, erradicarlas. Pero estoy firmemente convencida que, quizá, el único marco de referencia para ello, es el sentido de justicia y de respeto. Esas acciones, cometidas tanto por hombres como por las mismas mujeres, pasiva o activamente, son un muro que nos impide llegar a lo que debiéramos aspirar... a donde yo he deseado llegar, primero sin saber nombrarlo; hoy, segura de su existencia: un mundo con equidad.”

Después de pronunciar estas palabras, con un andar sosegado, la mujer se perdió entre la multitud. La tarde comenzó a despedirse suavemente, mientras la noche anunciaba su llegada. Y mi mirada seguía detenida en aquella frase: “un mundo con equidad”.

domingo, 27 de marzo de 2011

¡Ser feminista es LO MÍO!


Por: Leticia del Rocío Hernández

dignidadparallevar@gmail.com

Twitter: @LeticiadelRocio

La Real Academia Española ha definido el estereotipo como la ‘imagen o idea aceptada comúnmente por un grupo o sociedad con carácter inmutable’. Desde mi punto de vista, particularmente en cuestiones de género, la definición ha sido rebasada por la realidad. Los estereotipos también son ideas impuestas por una maquinaria con visión sexista.

Soy férrea defensora de la libertad de expresión. Sin embargo, creo que este derecho tiene una regla que de ninguna manera debe transgredirse: el respeto. Respeto a la persona... sin distinguir género, condición, educación, ocupación o ideología.

Las feministas no somos, por antonomasia, detractoras del género masculino. Las feministas tampoco somos un grupo de mujeres que enarbola la bandera de la intransigencia como defensa de nuestras ideas.

Pocos días después de la celebración del centésimo aniversario del Día Internacional de la Mujer, leí en una revista de circulación nacional, leída por muchas personas entre los 15 y 25 años, una descripción de los ‘tipos de amigas’. Entre los estereotipos propuestos, estaba, desde luego, el de la feminista. Descripción vaga, corta, ya no de imaginación, sino de información. La mencionada descripción termina con una frase que en sí misma es -desde mi punto de vista- un insulto a quienes nos decimos feministas: ‘...a veces le sale un ligero bigotito’. Un insulto, sí. Porque con la imagen visual que la frase provoca, se soslaya el trabajo de grandes mujeres que diariamente, desde su trinchera personal, buscan un cambio real en la sociedad en que vivimos; mujeres que luchan porque la equidad de género se materialice en acceso a la educación, la salud y puestos públicos de millones de mujeres alrededor del mundo; mujeres que cantan, barren aceras y arreglan jardines, educan a niños y niñas, escriben, pintan, bailan, se manifiestan, hacen plantones, dan conferencias y/o entrevistas...todo, con un loable objetivo: ser la voz, en formas tan multiplicadas y diversas, de otras mujeres.

A nuestro alrededor sobran los ejemplos de esa necia insistencia por denigrar, sutilmente, la hermosa esencia femenina... esencia que va más allá de un color, un gusto, una actividad. Desde espectaculares impresionantes, he leído frases que hacen alusión a actividades propias ya no de mujeres, sino de mujeres que además son amas de casa, según los estereotipos convencionalmente aceptados por determinados sectores de la sociedad: si eres ama de casa, seguramente ‘lo tuyo’ es ir a clases de macramé y/o jugar canasta... ¿Cuántas propuestas similares a ésta se verán en esos espectaculares?

Podrías decir que exagero. Que le doy demasiada importancia a los eventos o al mundo de la mercadotecnia. Mi respuesta es sencilla: la vida se construye de detalles. Y cada ‘detalle’, en cuestión de género, es relevante.

Lo he dicho muchas veces: el respeto entre los géneros es y será la única garantía de la convivencia armónica en la sociedad. No se trata de reivindicar un género denostando al otro... nuestra experiencia en esta vida es rica gracias a los detalles, y el mundo es rico gracias a las diferencias.

lunes, 14 de marzo de 2011

No me insultes por ser mujer...

Por: Leticia del Rocío Hernández

dignidadparallevar@gmail.com

Twitter: @LeticiadelRocio

Jeans y botas. Complexión delgada. Una mujer con estas características, bastante comunes, ingresa a un plantel educativo de nivel medio superior. Hay hombres (sí, hombres: no son ‘jovencitos’ y tampoco unos niños, son hombres), entre los 18 y 20 años jugando football y basquetball en la entrada. Son aproximadamente 30. También hay mujeres. Y al pasar la mujer, la de características bastante comunes, basta con que uno de los hombres comience a chiflar, para que los pasos de la mujer sean brutalmente acompasados por una rechifla que en sus oídos suena violenta...

Ella no pierde el paso, mantiene la cabeza erguida, mientras siente que su interior enrojece más que su cara. Decide acercarse a una joven que viene en dirección contraria, para preguntarle dónde se ubica el edificio al que necesita llegar. La joven, para su sorpresa, al ver que los pasos se dirigen hacia ella, comienza a alejarse... No la culpo. Seguramente, avergonzada en forma solidaria, no quería ser blanco indirecto de la rechifla.

Al salir del plantel, casi una hora después, la mujer se alegra de que la gran mayoría de los hombres ya no se encuentren en las canchas. Y al enfilar sus pasos a la puerta de salida, una nueva agresión. A unos 20 metros de ella, hay un grupo de seis hombres y tres mujeres, uno de ellos comienza a chiflar y gritar lo que seguramente él calificaría como ‘piropos’. Al no obtener ninguna respuesta que no sea el eco de los pasos de la mujer, grita, entre risas tanto de hombres como mujeres: ‘¡si bien que te gusta que te estén chiflando, perra!’. Ella, por una milésima de segundo, duda en detenerse... pero sigue su camino.

La mujer, finalmente, sale del plantel. Ya en la calle, pasa junto a un numeroso grupo de albañiles que están tomando un descanso, uno de ellos dice tan sólo ‘buenas tardes’. Ella, en silencio, agradece tan amable gesto, mientras le regala algo que parece una tímida sonrisa. Horas más tarde, la misma mujer pasa junto a un camión recolector de basura. Mientras dos hombres acomodan las bolsas, uno más se hace a un lado para que la mujer pase... No se escucha rechifla alguna, tampoco comentarios obscenos. Esta experiencia, denigrante para quien la vive, la aprovecho para invitar a la reflexión.

Si hubiera contado esta historia sin las descripciones correspondientes, poniendo sobre la mesa la pregunta: ‘¿a qué grupo de hombres pertenecían los estudiantes?’, sin duda, más de una persona habría asegurado que se trataba del segundo o tercer grupo. Estigmas. Somos víctimas de los estigmas.

Y, si hubiera dicho tan sólo que una mujer fue objeto de violencia, seguramente más de una persona habría supuesto que la experiencia habría sido consecuencia de golpes físicos o agresión sexual. Sin embargo, hay actos de violencia que, al menos en el Distrito Federal, sí están identificados en la legislación vigente. De acuerdo al artículo séptimo de la Ley de Acceso de las Mujeres a una Vida libre de violencia del Distrito Federal, una de las modalidades de la violencia es la violencia en la comunidad: “...cometida de forma individual o colectiva, que atenta contra su seguridad e integridad personal y que puede ocurrir en el barrio, en los espacios públicos o de uso común, de libre tránsito o en inmuebles públicos propiciando su discriminación, marginación o exclusión social”. No obstante, aún cuando no en todas las legislaciones se encuentre reconocido este tipo de violencia, no deja de ser violencia.

Por último, como bien han puntualizado muchas personas a lo largo y ancho del país y el mundo entero, el lenguaje sexista denigra, empobrece. A principios del mes de noviembre del año pasado, Ana Schwarz en la red social Twitter (@anaschwarz) daba cuenta de algunos ejemplos. Entre ellos, resalta la connotación que se le da a ‘hombre público’ vs. ‘mujer pública’; lo mismo sucede con: “perro: el mejor amigo del hombre”... y, ¿qué cruza por la mente de muchas personas cuando a una mujer se le dice “perra”?

Nada justifica que un grupo de hombres, envalentonados por el número, circunstancia o ubicación donde se encuentre, agreda en forma alguna a ninguna mujer. Nada justifica que una sola mujer aplauda o consienta, con su acción u omisión, el ataque a otra congénere. Piensa: ¿cuántas veces has permitido o has actuado, activa o pasivamente, de una agresión similar? No, a las mujeres no nos gusta que nos exhiban con chiflidos ni que nos insulten... No olvidemos que el respeto entre los géneros es nuestra garantía para crecer como sociedad.

domingo, 6 de marzo de 2011

Realidades violentas


“La humanidad no puede liberarse de la violencia

más que por medio de la no violencia”.

Mahatma Gandhi.

Por: Leticia del Rocío Hernández

dignidadparallevar@gmail.com

twitter: @LeticiadelRocio

Iniciado el año de 1996, cargada de esperanzas y una que otra duda, llegué a la ciudad de Saltillo, Coahuila. Ahí habitan muchos de mis mayores ‘quereres’... esa ciudad alberga en sus páginas mis noches insomnes llenas de sueños, algunas desilusiones, muchos anhelos...y tantos, tantos recuerdos.

Ahí obtuve mi primer trabajo, y fue como me declaré enamorada del servicio público. Al poco tiempo, me incorporé a un círculo de amigos y amigas que, al día de hoy, me siento dichosa y orgullosa de poder decir que aún conservo. Cobijada por la quietud de sus calles, en el rincón de un restaurante vegetariano ubicado en la calle de Victoria, fue donde conocí a Simone de Beauvoir... recuerdo el momento exacto en que la frase –y todas sus implicaciones posibles-: ‘no se nace mujer: se llega a serlo’ comenzó a dar vueltas en mi cabeza...

Hoy, con el ánimo estrujado, violentado por una convulsión de emociones que no encuentran cabida ni salida en mi cuerpo, escucho con impotencia las noticias que informan que esa ciudad, conocida como ‘la Atenas de México’, se sacude bajo la amenaza de una violencia sin distingo que, lamentablemente, es característica ya de una gran parte del territorio nacional.

Cierto es que esta situación se vive y se ha vivido con mayor impacto en otras regiones; cierto es que las balaceras son, prácticamente, el pan nuestro de cada día de la realidad mexicana. Sin embargo, con lágrimas en los ojos y la cabeza muy en alto, puedo decir que tantos hechos violentos han sido insuficientes para mermar en forma alguna mi capacidad de asombro; que ninguna noticia ha logrado que mi ser sea insensible a la tragedia... tragedia que, para mí, nunca es ni será ajena. Ciudad Juárez me duele, Reynosa me duele, Monterrey me duele, Saltillo me duele... mi país entero me duele. Y es un dolor que permea cada pensamiento, y que en días de mayor ánimo, logro transmutarlo en palabras de aliento, en escritos que invitan a la reflexión. Hoy me ha resultado, sencillamente, tarea casi imposible.

Este año se celebra el centésimo aniversario del Día Internacional de la Mujer. Son muchas las mujeres mexicanas que merecen un reconocimiento a su labor constante por fomentar la participación de nosotras, sus congéneres, en las esferas políticas y económicas. No obstante, también son muchas las mujeres para las que este significativo 8 de marzo, será como un día cualquiera... Unas se abrazarán al vacío que ha dejado la partida de seres queridos que viven en forma ilegal ‘en el otro lado’; otras llorarán un día más la ausencia del hijo o hija que fue víctima de la violencia; habrá quienes callando abusos y ocultando bajo su rostro las vejaciones de las cuales son objeto, salgan a trabajar jornadas laborales extenuantes (muchas de ellas ilegales), para poder alimentar a quienes dependen económicamente de ellas. Son estas mujeres, de las que desconocemos nombre, origen, ocupación y condición, quienes, para mí, mayor reconocimiento merecen; son ellas las que mantienen los pilares de una sociedad estremecida, las que sostienen una lucha que, para quienes somos ajenas y ajenos a su realidad, pareciera sin sentido... Son ellas la razón de ser y de existir de esta fecha, tan vigente como actual, pues son las mujeres quienes resultan más afectadas en los conflictos.

Quienes hemos tenido opciones y oportunidades diferentes, hombres y mujeres, tenemos una obligación moral ineludible: voltear a ver la realidad que azota nuestra puerta, sin disimulo ni apatía... la sociedad mexicana está compuesta por quienes transitamos libremente por las calles, y por quienes celebran el cumpleaños de sus seres queridos a la luz de un encierro forzado. Es urgente acallar las balas, es urgente arrancar sonrisas...

sábado, 26 de febrero de 2011

Construyendo identidades falsas


Las arrugas de la piel son ese algo

indescriptible que procede del alma”

Simone de Beauvoir

Por: Leticia del Rocío Hernández

dignidadparallevar@gmail.com

twitter:@LeticiadelRocio

Un día como cualquier otro, realizaba mis actividades cotidianas acompañada de esa amiga fiel en que se ha convertido la radio. La actividad del momento me impidió realizar mi faena favorita: cambiar la estación en cuanto inician los anuncios. Y fue como escuché lo que para mí fue el más aterrador de todos. Se trata de la publicidad de un colchón: una mujer que descansó en el colchón de la marca anunciada, dice haberse soñado ‘guapa, joven y rica’; sin haber dormido en el referido colchón, se sueña ‘casada y con cuatro hijos’. Lo primero, un sueño reparador; lo segundo, una pesadilla.

Este anuncio lo considero como un atentado al ser mujer y a nuestra libertad de elección.

Atentado a la libertad de elección, porque si bien es cierto que existen muchas mujeres que son madres no porque hayan optado serlo, hay muchas mujeres que así lo han decidido. En uno y en otro caso, esas mujeres merecen nuestro respeto, admiración y solidaridad. Respeto por el simple hecho de ser personas; admiración porque es una de las tareas más nobles; solidaridad porque, si bien es noble, tampoco es una tarea sencilla. Así las cosas, ¿por qué debiera traducirse como pesadilla el que una mujer se sueñe casada y con cuatro hijos? ¿Cuál es la intención al estigmatizar la condición de ser madre?

Atentado al ser mujer, porque cada mujer es única, cada mujer es una versión irrepetible del género femenino; sin embargo, ignorando esa unicidad que a cada persona identifica, se propone una versión deseable, ‘la buena’: guapa, joven y rica. Fue inevitable que recordara el análisis que Lorella Zanardo, empresaria milanesa, hiciera en su documental Il corpo delle donne: “...La mujer propuesta parece contentar y secundar cada presunto deseo masculino, ...Está reducida y se reduce a ser un objeto sexual ocupada en una lucha contra el tiempo que la obliga a deformaciones monstruosas... Estoy segura de que, sin esta presión del ´tener qué ser guapas´siguiendo cánones que no hemos elegido, nos aceptaríamos más tal y como somos”.

Citar aquí los programas, noticieros y publicidad donde las palabras de Zanardo se palpan como una realidad lacerante, sería tarea casi interminable: la cosificación de la mujer es dramáticamente palpable casi en cualquier punto donde se dirija nuestra vista. Y parte fundamental de esa cosificación, es ese prototipo de mujer impuesto... y detrás del cual muchas congéneres femeninas asaltan no sólo sus bolsillos, sino su integridad. Respetable que toda persona desee verse bien y sentirse mejor, cuestionable cuando esa acción no es voluntaria, sino fomentada por una presión social de verse siempre ‘jóvenes y guapas’.

Próxima está la fecha en que se celebra el Día Internacional de la Mujer. Comienzan a organizarse eventos, circular mensajes, escritos y ventas a propósito de este día, la mayoría enfocados a ‘festejar’ a la mujer. Particularmente, no creo que se trate de una fecha para festejar, pero sí es propicia para reflexionar sobre los avances que se han logrado para acortar la brecha de género que persiste en el acceso a la salud, educación y trabajo; y tal vez, por qué no, para preguntarnos: ¿con qué ojos nos vemos las mujeres? ¿cómo nos escuchamos las mujeres? ¿Somos capaces de vernos conforme a lo que somos, como mujeres, con respeto a nuestra integridad y femineidad? O bien, parafraseando a Zanardo, ¿sólo nos vemos unas a otras con ojos masculinos?

Anna Magnani, mujer, madre, actriz italiana de cine y teatro, y galardonada por la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas por su actuación La rosa tatuada, cuando su maquillista intentaba hacer parte de su trabajo, esto es, difuminar las huellas (arrugas) de su rostro, pedía: ‘Déjamelas todas, no me quites ni una, he tardado una vida para procurármelas’... Cierto: toma una vida, segundo a segundo, ser mujer.